viernes, 3 de septiembre de 2010

Bueno, y aquí va la tercera entrada de hoy.
Sé que prometí continuar con el relato de mi mes de agosto y eso, precisamente, es lo que pretendía hacer ayer cuando recibí una llamada de teléfono que desaría no haber sufrido jamás. Afortunadamente y, antes de que os asustéis os lo digo, no fue más que un susto.

La verdad es que el día no empezó muy bien, me costó mucho dormirme la noche anterior, pues durante los primeros días de trabajo, tras la vuelta de vacaciones, casi no puedo conciliar el sueño pensando que no va a sonar el despertador. Algo casi imposible, pues lo compruebo cada día unas 10 veces antes de apagar la luz. Pero así soy yo. El caso, como os digo, es que me presenté en el trabajo con medio kilo de pintura en la cara para disimular mis pocas horas de sueño. Me esperaba un día duro, pues además de la jornada de trabajo matinal, a las 17:00 debíamos estar de nuevo en el colegio, pues nos habían convocado para el claustro general. Afortunadamente no duró más que una horita y, cuando nos disponíamos a irnos a nuestras casas, fuera del cole tenía lugar algo muy semejante al diluvio universal. No creo que haga flata deciros que cuando llegué a mi casa daba la sensación de haberme tirado a la piscina con ropa. Y claro, según cerré la puerta de la entrada, me metí en la ducha y allí permanecí mis buenos 25 minutos (mira que me sienta mal gastar agua, pero os prometo que todos y cada uno de los segundos los necesitaba desesperadamente) hasta que el calor volvió a mí. Pero el frío estaba metido en mi cuerpo y ni utilizando el secador (con unos fantáticos 26 grados en casa) fui capaz de sentirme persona de nuevo. 
Y en este punto, cuando aún estoy tiritando, me siento en el salón con mi pijama, me echo una mantita por encima y enciendo el ordenador dispuesta a seguir relatando mi verano. Pero no. Recibí una llamada.

Era mi madre, diciéndome que mi padre estaba en el hospital. Me dijo que se había caído y creo que ahí dejé de escuchar. Hasta el final que me dijo que no me pusiera nerviosa y que fuera a por ella. En dos minutos de reloj, Marcos y yo estábamos vestidos y montados en el coche. Tuve que pedirle que me dejara conducir para centrar mi atención en la carretera y no en las imágenes que pasaban por mi cabeza. 
Cuando llegamos a la puerta de Urgencias, mi madre (que al final fue con mi hermano) estaba dentro con mi padre y mi hermano y mi tío estaban fuera. Dejé el coche tirado (Marcos se ofreció a aparcarlo) y me acerqué a ellos. Ver la cara de mi hermano me hizo pensar lo peor, pero rápidamente mi tío me dijo que no había sido nada grave. Sin embargo, hasta que yo no pudiera verle no iba a respirar tranquila. 
Fui capaz de contener mi nerviosismo y hasta de decirle a mi hermano que no había pasado nada (cuando en absoluto lo creía). No derramé más que media lágrima. Yo. Que lloro con los anuncios de Navidad, que lloro si otro está llorando (da igual que sea de pena o de alegría), yo que lloro con el final de todos los libros, con las películas de Disney y con las canciones de Alejandro Sanz, que lloro con los cuentos infantiles y cuando mis niños acaban el curso en junio o los recibo de nuevo en septiembre... Vamos, que lloro con diez de pipas. Y no sé cómo, pero no lloré absolutamente nada. 

Más tarde, ya sabiendo que el desmayo se debió a una bajada de tensión (junto con, a pesar de que él no lo crea, muchísimo estrés acumulado, responsabilidades que le superan en número y una incapacidad absoluta para delegar pequeñas partes de trabajo en otros), entré en el box número 4. 

Verle ahí tumbado, con la camisa abierta, lleno de pegatinitas azules y un cacharrito (perdonad mi ignorancia pero no sé cómo se llama) en el dedo índice que traducían en el monitor las pulsaciones y la frecuencia cardíaca, una vía cogida pasándole suero y la cara blanca como el papel... Se me volvió a parar el corazón. ¿Cómo es posible que un hombre sano, de 58 años, que ha pasado por más cosas de las que debería estar permitido, se vea tumbado en una camilla, tan indefenso a mis ojos como un bebé de pocos meses, por una simple bajada de tensión? Me di cuenta que la imagen de mi padre que creé cuando era pequeña, tan fuerte como un muro de hormigón, tan sano como un roble, mostrándonos su musculatura a mi hermano y a mí y diciendo "de aquí sale el acero para hacer los barcos", o subiéndonos a sus hombros para lanzarnos a la piscina,...en un momento se quedó en eso: en una imagen, en un recuerdo. No lo he visto enfermo en mi vida, y no contaba con hacerlo hasta que tuviese muchos años más. Es probable que, incluso inconscientemente, pensara que nunca lo iba a ver así. 

Pero está claro que hasta mi padre es humano. 

Y con este pensamiento, con el corazón dividido entre la alegría de saber que estaba bien y la pena por darme cuenta de que él también puede caer, volvimos a casa a dormir. O al menos a intentarlo. Probablemente lo logré durante una hora, puede que incluso dos.

Y esta mañana, por fin, cuando me he levantado, he soltado todas esas lágrimas que debí haber dejado escapar ayer. 

Y otra vez, con kilo y medio de maquillaje en la cara, me he ido a trabajar. 

Y después de todo esto, os digo: él no es mi padre biológico y, sin embargo, siempre lo he sentido así y ayer tuve un miedo atroz a que se fuera de mi lado. Siendo esto así ¿cómo puede haber gente que aún dude del amor y de la relación que pueda existir entre padres e hijos adoptivos? ¿Todavía hay quien cree que la sangre es lo más importante? ¿Que las familias se crean mediante relaciones genéticas? Pobres necios e ignorantes que no han tenido, ni tienen ni tendrán jamás la oportunidad de entender que hay quien conoce el amor de verdad, el que nace de la relación diaria, de las preocupaciones, de las noches de insomnio, del cariño, de los juegos inocentes de aquellos que ven más allá de los parecidos físicos y son capaces de leer que son familia por amor...

Mamá, si alguna vez, en los comienzos de vuestra relación, te preocupó que él no fuera a congeniar conmigo o que no fuera una buena figura paterna, déjame decirte que esa preocupación no estaba justificada. No podías haber elegido mejor.

Papá, cuídate por favor. Me faltaste en los primeros años. Y quiero tenerte muchísimos más.

Patchwork

Este mes, quiero dedicar el blog a todas aquellas personas maravillosas que, conociéndonos o no, han querido formar parte de los sueños de nuestros hijos mediante los trocitos de tela enviados para poder confeccionar la colcha de los 100 deseos.

Pero, en especial, se lo quiero dedicar a esas locas fantásticas que, poco a poco, se han ido convirtiendo en parte de mí y de mi historia como madre. ¡Para vosotras, chicas!
No sé si os habéis dado cuenta de que tengo un blog enlazado que se llama Mar Pallarés Joies. Bueno, pues es de una chica que realiza joyas solidarias, entre otras cosas. Ha organizado un concurso en el que se sortea un lote valorado en 100€. Este dinero está destinado a llenar una maleta solidaria, como la que ya consiguieron hace poco. Si queréis más información, sólo tenéis que entrar en su blog. Además, podréis ver las maravillas que realiza. Por supuesto, nosotros ya tenemos un colgante de África y unos pendientes del mismo continente que están esperando a que lleguen nuestros pequeñines. Ánimaos a participar en esta maleta solidaria, bien en el sorteo o bien comprando alguna de las maravillas.