sábado, 29 de junio de 2013

2ª entrada del día: No tiene precio



Que el peque esté durmiendo la siesta, se despierte en medio de una pesadilla, yo sea capaz de saltar de la silla a la cama en 0,0 segundos, diga "mami" y me eche los brazos al cuello, busque la mano de papá y no la quiera soltar, ES MARAVILLOSO.

Que todo esto ocurra en tan solo tres días de convivencia y después de habernos medido tras una rabieta por la mañana, NO TIENE PRECIO.

Buscando los límites de papá y mamá


Pues así llevamos dos días. La verdad que hasta hoy las rabietas han estado más o menos justificadas, sobre todo la de esta mañana, pero ahora mismo tiene un cabreo que es imposible que le quepa en ese cuerpo tan pequeño. 

A ver, son muchos cambios los que está teniendo en tan poco tiempo y muchos los miedos. Ayer estábamos jugando en el patio y en un momento determinado me pidió subir a la habitación. Cuando llegamos y vio que Marcos no estaba con nosotros, se enfadó y volvió a quedarse como ausente, mirando al infinito y sin permitir que le tocase. Y luego llegó el llanto en silencio. Me costó media hora de caricias y besos que se le pasara y cuando llegó Marcos le tocó el turno a él de sufrir su enfado, demostrando claramente que no le había gustado nada que no subiera a la habitación con nosotros.

Esta mañana hemos ido al médico para hacerle una analítica y confirmar que lo tiene es tiña. Cuando el taxi ha llegado a la puerta del hospital ha empezado a revolverse y al llegar al laboratorio ha sentido auténtico pánico. Al final han conseguido pincharle pero apenas le han sacado sangre. Así que cuando han querido repetírselo en el otro brazo, hemos decidido que ya había pasado suficiente suplicio y hemos vuelto al hotel (ya le haremos todo lo que necesite al llegar a casa), pero según hemos entrado en la habitación, ha entrado en modo cabreo y otra media hora para conseguir que se le pasara. 

Por esto digo que las rabietas estaban justificadas. Pero ahora, al subir del patio del hotel, ha abierto la maleta para sacar juguetes. El problema es que no se ha decidido. Hay veces que simplemente quiere todo y nada a la vez. Y este ha sido uno de esos momentos. Como le he pedido que me ayudara a recoger todo lo que ha sacado y no le ha dado la gana, ha cogido la gorra que tenía en la mano, me ha mirado, a torcido el morro y la ha lanzado todo lo lejos que ha podido. Acto seguido ha cogido un papel y ha hecho lo mismo. Esto no es una rabieta de miedo ni de cambio ni nada de eso. Es un "a ver hasta dónde llego". Como me he enfadado y le he regañado, ha decidido que nos da la espalda y nos retira la palabra. Se ha puesto de rodillas y así lleva unos quince minutos. Si le dices algo, te da la espalda; si le tocas, te quita el brazo y si le buscas la mirada te la retira. 

Da mucha lástima verlo así pero, aunque me gusta que tenga genio y carácter, estas no son maneras. Las normas hay que cumplirlas y cuánto antes lo sepa, mejor para todos. 

Voy a ver si ya se le ha pasado un poco y volvemos a echar esas sonrisas tan maravillosas que nos alegran el día.

jueves, 27 de junio de 2013

Ya estamos juntos.



Esta entrada debería haberla puesto ayer, pero fueron tantas emociones y tan rápido pasaron las horas que, sin darnos cuenta, nos vimos a las ocho de la noche con el peque totalmente dormido y nosotros agotados.

Ahora que papá y D. están jugando un poquito y que la conexión de internet parece que no falla, tengo un momentillo para contar cómo fue todo.

A las dos vino el representante a buscarnos al hotel y en nada llegamos a las Cortes. Tardamos un poquito más de lo normal porque, de pronto, decidieron cortar una calle. Y es que en Etiopía las cosas funcionan así: hoy decidimos trabajar en este tramo y ni señalamos, ni avisamos ni nada. Plantamos la maquinaria en medio y punto. El que llegue que se dé la vuelta. Eso mismo es lo que nos pasó a nosotros. Lo que se suponía un viaje de cinco minutos, se convirtió en uno de quince. Y no se alargó más gracias a que nuestro conductor, siguiendo las muy buenas y legales (quiero decir "ilegales") indicaciones de nuestro representante, se saltó la mediana unas cuantas veces y atravesó calles en dirección contraria, otras pocas. Eso sí, aparcamos en la puerta las Cortes como si fuéramos estrellas invitadas. 

Y allí que nos bajamos nosotros, los tres, monísimos de la muerte, arreglados para el tan esperado evento. Tercer piso y... a pie. El representante tiene mucho nervio y no es capaz de esperar un ascensor. Así que, a patita. Menos mal que conoce a todo el mundo y en el rellano de cada planta nos paramos a saludar a la gente. 

Llegamos. La sala llena de familias adoptantes de todas las partes del mundo. Nuestro amigo coge la lista (escrita en amárico, claro), hay algo que no le parece bien. Se va y nos deja sentados. Vuelve, se sienta y... ¡oh, milagro! Sale una mujer y dice: "Miskaye". Nuestro orfanato. ¿Nosotros? ¿Ya? Pero si acabamos de llegar... Pues adentro, no se hable más. Un juez jovencito, con cara de buenísima persona, le pide al representante que nos diga que la jueza se ha tenido que ir, pero él tiene autoridad suficiente para llevar a cabo el trámite. Perfecto. Comenzamos. Un minuto escaso de preguntas, contestamos a todas con "Sí" y nos traduce: "a partir de este momento, D. es legalmente vuestro hijo a todos los efectos" (bueno, no sé si esas fueron las palabras exactas, pero el significado es el mismo). Y entonces sí, como no puede ser de otra manera, me lío a llorar como si se me fuera la vida, tanto que el juez hasta me sonríe y yo salgo envuelta en un mar de lágrimas. Pero feliz, inmensamente feliz. Nos juntamos los tres en el pasillo y el pobre representante me da un abrazo, saluda a Marcos y nos da la enhorabuena. Pues, hala, no perdamos más tiempo. Al orfanato.

Y allá que nos vamos el conductor, el representante, Marcos, mis emociones y yo. 

Todo fue muy rápido. D. aparece con ropa limpia, más o menos de su talla, serio como siempre, pero dispuesto a soltar una sonrisa a la mínima. Hablo con una de las monitoras, me facilita la información que necesito, D. reparte besos a todos los niños y cuidadoras del orfanato y nos subimos de nuevo al coche. Nos saltamos la ceremonia de despedida. Por una parte, me da lástima, parece ser que es un momento muy bonito pero por otra, las familias que están aquí nos han dicho que así es mejor. Los niños saben lo que significa y miran con caritas tristes...

En el coche todo es nuevo para él. Mira por la ventanilla y es tanta la información que le llega que no sabe por dónde asomarse. Los camiones, autobuses, maquinaria de construcción, etc. son toda una atracción para él. Habla, dice cosas y nos mira. Y por fin llegamos al hotel. Subimos a la habitación y de cabeza a la ducha. No sé qué estarán haciendo exactamente, pero Marcos y él se lo están pasando bomba. Sale, lo envolvemos en la toalla y a la cama. Vamos a echarle aceite, a ver si esa piel tan preciosa recupera su brillo. Me echo un poco en las manos, lo extiendo por su tripilla y... comienzan las risas. Le hace gracia ver que de pronto resplandece. Me pone las manos y me pide que le eche, él también quiere obrar el milagro en su piel de ébano. Es fantástico, todo son risas y ojos de admiración. Y por fin llegamos a la ropa nueva. Menudo dilema. Ni la ropita de tres años le vale. Por el cuello de la camiseta casi le asoman los hombros y al pantalón le hemos tenido que dar una vuelta en la cintura y otra en los bajos. ¡Si es que no tiene culo! Pero a él le parece perfecto, está acostumbrado a llevar ropa grande.  Nos calzamos y a la calle. Vamos a ver si nos encontramos a M. y a J. que son dos amigos del orfanato que llevan con sus papis tres semanas.

M. y J. no están aún, deben de estar con la siesta, así que jugamos un poco al balón y nos sentamos en el columpio. ¡¡¡¡Eso de mecerse es guay!!!! Subimos un ratito a la habitación porque es la hora de las presentaciones vía Skype. Lo del ordenador también es una pasada, así que D. toca la pantalla y saluda cuando oye su nombre. Como no queremos agobiar mucho al peque, le ponemos una sudadera que le queda grande de espalda pero perfecta de mangas (D. va a ser alto, tiene los brazos muy largos, bueno, eso creo yo) y nos marchamos a cenar. 

Nos vamos al restaurante, pero tardan tantísimo en traernos la comida que D. se empieza a quedar dormido. Me da rabia que no cene, pero el sueño le puede, así que nos traemos la cena a la habitación y se la guardamos por si se despierta. Desde las doce creo que no ha comido nada. Lo metemos en la cama y cae como un cesto así que, con el mismo grado de agotamiento, nos vamos a dormir nosotros también.... Hasta las cinco. 

¡Alegría! D. se ha despertado de un humor maravilloso: nos tapa la nariz, nos hace cosquillas, se nos tira encima... Pero tiene hambre. Se come la tortilla con unas ganas inmensas y sigue con la juerga. Claro, él estará acostumbrado pero en mi tierra, estas no son horas de levantarse, así que, apagamos la luz (que previamente D. había encendido) y a dormir. El tío se da la vuelta y hasta las ocho. 

Esta mañana no perdemos el tiempo. Nos levantamos, nos lavamos la cara, nos vestimos y a desayunar. Los papis de J. nos han dicho que mojan todo en la leche y se lo toman tipo sopa, así que le preparamos un buen tazón con colacao y unos trocitos de bollo. Come que da gusto mirarle. Eso sí, mete los dedos hasta los nudillos pero hoy no nos vamos a poner tiquismiquis. Está disfrutando del desayuno y nosotros también. Así que, en cuanto terminamos, nos vamos a la habitación, nos lavamos los dientes y vamos en busca de los amigos.

 Y ahora sí, ahora reconoce a sus compis. Se miran, se sonríen pero no se acercan. Hay que romper el hielo y les animamos un poquillo... Y ¡madre mía! qué manera de hablar más sorprendente. Los tres sentados en el columpio y con una cháchara que ni yo en mis mejores tiempos. Eso sí, lo que se cuentan debe de ser la mar de entretenido porque se ríen con unas ganas... Es maravilloso. Pero todo buen momento tiene su final y tenemos que subir de nuevo a la habitación... Mmmmm... primera rabieta. Parece que D. no es de berrear, pero se mueve como una lagartija y se tira al suelo... Y, detalles a un lado, incluidas las lágrimas de mami, (perdonadme la expresión, pero joder cómo duelen los hijos) pasada media hora estamos los tres jugando con la plasti amarilla que mola muchísimo. Y a las doce, comiendo otra vez. 

Tras una siesta de dos horas de sueño profundo, con pesadilla incluida, toca merendar. En la habitación no tenemos nada para él, así que nos vestimos los tres y salimos a la aventura. D. va de la mano de papá y mamá y sigue mirando todo como si fuera la primera vez que pisa la calle y todo le sorprende un montón. Entramos en una tienda, hacemos acopio de víveres para la próxima semana y volvemos a la habitación. Mmmmmm, todo está riquísimo y hay que quitarle la comida porque es capaz de acabar con todo. Del zumo no ha dejado ni para escurrir. Así que nos merecemos un rato de juego en el patio, pero no hay nadie conocido y además, está abarrotado de gente: hoy se celebra algo con miembros de la ONU en nuestro hotel y las familias con bebés se han reunido en el centro del patio y casi no hay sitio para que los peques jueguen, así que D. nos pide volver a la habitación.

Y vaya si nos ha cundido la tarde. Hemos trabajado con el punzón y hemos pintado con acuarelas. Nos ha quedado tan chulo el cuadro que mami lo ha pegado con masilla adhesiva en el marco de la ventana de la habitación. 

Ahora toca ir a cenar que ya va siendo hora. 

Mañana más. 


martes, 25 de junio de 2013

Última visita


"Última visita" hemos pensado nosotros al levantarnos esta mañana. Pero también el personal del orfanato cuando nos hemos ido: hoy la hemos vuelto a liar. Y con algo tan sencillo como unos globos... O doscientos. No sé cuántos había en la bolsa pero D. no dejaba de repartir entre todos los miembros del orfanato y no se vaciaba. Voy a empezar por el principio.

A las diez, como ayer, nuestro conductor ha venido a buscarnos y a las once menos veinte o así llegábamos a Miskaye. Y, también como ayer, nos han pedido pasar al aula de los más pequeños mientras D. aparecía. Ha salido de su clase, con el polo azul tres (o siete) tallas más grande y su vaquero, y ha venido hacia nosotros. Hoy estaba un poco serio, aún no sabemos muy bien el motivo. Pero en cuanto le hemos cogido en brazos y nos hemos sentado los tres en la alfombra, lo que sea que le pasara se le ha olvidado. Ha sido abrir la bolsa con los globos y empezar a salir niños por todas partes (como los Donetes, e igual de negritos, jeje). A las pobres cuidadoras les faltaban brazos para coger a los peques y mantenerlos a raya. Y no es que no hubieran visto globos antes, porque los inflaban con una rapidez asombrosa. Será que, como siempre, el juguete más simple es el que más convence. 

Aquí ha sido cuando D., viendo que todos metían mano a la bolsa, se la ha llevado, se ha puesto sus zuecos y se ha ido por todo el orfanato repartiendo globos a todo el mundo. Y a puñados ¿eh?, nada de ir de uno en uno. A los pequeños, a los mayores, a las cuidadoras, a las maestras, a los hombres (que aún no sé muy bien cuál es su función allí porque siempre que hemos ido están sentados), a las cocineras... a todos. Y después, satisfecho con su acción, ha venido a sentarse entre nosotros, se ha guardado un puñado en el bolsillo (con la ayuda del papá, claro) y a inflar globos. 

Los más mayores solo pedían ayuda para anudarlos pero los pequeños, después de masticarlos, babearlos, sobarlos y estirarlos una y mil veces, nos los ponían directamente en la boca para que los infláramos. Al principio yo, disimuladamente, limpiaba la boquilla en la manga de mi sudadera, pero a la tercera vez que me han llenado los labios de babas me he tirado de cabeza a la piscina... y sin agua. Porque tarde me he dado cuenta de que uno de los niños que más globos quería inflar tenía una mezcla... mmm... digamos difícil de definir, de mocos y babas. Pero oye, con tanto antibiótico para la sinusitis  y medicación para la alergia como estoy tomando, sea lo que sea a mí no me va a afectar, ¿no? (Madre mía, quién me ha visto y quién me ve, con lo que odio las babas... ¡puaj!)

También hemos llevado unos prismáticos, solo dos y menos mal, porque tanto le han gustado a D. que se ha colgado los dos del cuello y ya no ha habido manera de que se los quitara. Los dos para él. ¡Y es que menudo regalazo! Eso de mirar por un agujero y que todo se vea más grande... ¡Una pasada! Se los ponía, miraba y se reía. Se los quitaba. Al rato, se los ponía, miraba y se reía... y así durante la hora y media que hemos estado hoy, mientras inflaba globos y comía caramelos.

Cuando faltaba una media hora para irnos, el pobre estaba ya agotado de tanto jaleo, tanto globo y tanto niño. Y así, demostrando que había llegado a su tope, ha cogido muy decidido, se ha sentado entre mis piernas y ahí se ha quedado. Prismáticos arriba, prismáticos abajo. Risa va, risa viene. Hablando solo o con nosotros, aún no lo sé, pero hablando mucho más que ayer. Ha pasado un avión y, como cualquier niño de esta edad, lo ha señalado todo emocionado. Marcos, corriendo, le ha dicho que lo mirara con los prismáticos, pero no estoy segura de que le haya dado tiempo. 

Entonces ha venido una cuidadora (bueno, para ser sincera no sé si ha sido en este momento o en otro en el que los tres teníamos la misma postura) y ha empezado a hacerle preguntas. En una de estas, ha señalado a Marcos y D. ha dicho "Papa" y me ha señalado a mí y ha dicho "Mama" (pero así, sin tilde ni nada, que no es que se me haya olvidado ponerla) y claro, los dos hemos alucinado. De lo que deducimos que, desde el primer día, en el orfanato le han dicho lo que va a ocurrir, al contrario de lo que nos dijeron en la ECAI, bien porque pasan o bien porque prefieren preparar a los chicos. Cosa, por otro lado, bastante lógica, al fin y al cabo quien conoce a los niños son los miembros de Miskaye, no los de la asociación, y dirán que hacen con ellos lo que mejor les parece.

Ahora ya solo queda preparar la ropa para el juicio de mañana, que hay que plancharla un poquito, acostarnos pronto, dormir bien y hacer un buen desayuno-almuerzo, porque a las dos de la tarde vienen a por nosotros y no sabemos cuánto tendremos que esperar en las Cortes. Una familia nos ha dicho que el juicio, una vez que es nuestro turno, no dura más de dos minutos, pero que podemos estar allí sentados unas horas hasta que nos toque. Cuando nos den la feliz noticia de que ya no hay marcha atrás (como si después de tanto como hemos pasado, quisiéramos deshacer el camino andado), volvemos al orfanato a por nuestro peque, presenciaremos la ceremonia de despedida y, por fin ¡los tres juntitos al hotel!

Así que, aquí os dejo hasta mañana, que intentaré hacer un resumen al final del día, pero no prometo nada porque se presenta largo y cansado. Si no encuentro un hueco, tan pronto como me quede libre, os cuento.

¡Besos!






lunes, 24 de junio de 2013

Segundas partes... ¡sí son buenas!

Segundo día de visitas, hora y media juntos y... mejor no ha podido ir.

Nuestro conductor ha venido a recogernos a las diez y cinco y nos hemos ido derechos al orfanato. Esta vez nos ha llevado por una ruta distinta, como una especie de autovía o algo así. Lo digo porque había tres carriles en cada sentido. Claro, que más adelante eran dos, luego volvían a ser tres, después uno solo... no sé, en función de la prisa de cada conductor. El caso es que hemos tardado algo más. A las once menos cuarto más o menos llegábamos al orfanato.

Nos han llevado a la misma sala de ayer y allí estaba D. con la misma ropita que el sábado pero sin la cazadora. Ha sido abrir los brazos y venir corriendo a saludarnos. Tan sonriente como el primer día. Pesa tan poquito que he sido capaz de levantarlo con un solo brazo (llevaba las manos ocupadas con bolsas llenas de cosas para dejar allí) y eso que yo de fuerza estoy muy falta.

Después de abrazar a Marcos, nos hemos sentado en la alfombra y hemos empezado a sacar los balones que les habíamos llevado. Está claro que le gusta el fútbol. ¡Menudas patadas le da con los pies descalzos! También llevábamos coches o "máquinas" como dicen ellos y animales de la selva. Y pulseras de esas tan famosas que tienen formas de animales. Nosotros lo hemos sacado todo y lo hemos dejado en la alfombra, en el hueco que hemos formado entre los tres y... nos ha salido ordenado el chico: tenía que estar todo colocado. En círculo, en fila, apilado... pero colocado. Los coches de carreras y los turismos todos juntos, vale, pero alineados. Si mezclamos animales y coches también vale pero cada coche emparejado con un animal. Si tenemos más de una cosa que de otra... ¡no hay problema! lo que sobra se pone al lado de uno igual y listo. Si jugamos con el balón y en un descuido tiramos un animal o movemos un coche, pues se para el juego, se coloca y se vuelve a por el balón. Con las pulseras igual: los tres teníamos que tener alguna. Eso de que se quede alguna sin poner no puede ser. Haciendo honor a su signo del zodiaco, mi chico: virgo.

En la misma sala donde estábamos jugando había más niños, como el primer día y, viendo la monitora que era imposible captar la atención de los peques estando nosotros ahí, ha intentado llevárselos al patio pero ha habido dos que hasta que no se han quedado con nosotros no han parado. Y cuando hemos sacado los silbatos... entonces sí que no había manera de que hicieran caso a la señorita. D. se ha colgado dos al cuello y nos ha puesto uno a Marcos y otro a mí. Pero luego se ha dado cuenta de que los peques miraban los silbatos y enseguida nos ha pedido los nuestros para dárselos... Y ahí se ha desatado la locura. Todo eran pitos y risas. No sé si nos van a dejar entrar mañana :) Y venga a pitar, y venga a pitar, y venga a pitar... hasta que a uno de los peques se le ha roto y ha venido corriendo a que se lo arreglásemos. Quería colgárselo al cuello otra vez pero lo máximo que hemos conseguido es ponérselo en la muñeca. Al principio se ha ido convencido pero luego ha vuelto a por el que tenía D. Y el pobre, que no ha hecho más que repartir todo lo que hemos traído (nos ha llevado un par de veces a la sala donde estaban los mayores para llevar unos cuantos balones, animales y coches) ha debido de pensar que ya era excesivo el quedarse absolutamente sin nada y no ha cedido. Y va el pequeño, se me cuelga al cuello y me empieza a hacer pucheros!!!!! Tan pequeño y ya camelando!!!  Menos mal que en cuanto D. ha cogido un balón se le han pasado todos los males. 

Como he dicho antes, ¡menudas patadas! Menuda fuerza para estar tan delgadito. Se han liado los tres a jugar al fútbol en el aula y se han echado unas buenas risas. Y le hemos oído hablar mientras jugaba con ellos. Ni idea de lo que decía, pero ha hablado y tiene una voz tan dulce... Habrá que ver cómo suena cuando se enfade, pero en principio es una vocecilla muy suave. 

También nos hemos dado cuenta de que tiene muchas cosquillas por todo el cuerpo y de que no para quieto ni un minuto. Bueno, se ha tumbado un pelín en mis piernas mientras jugaba con un coche y luego se ha levantado de un salto y ha vuelto a salir corriendo.

No sé si en algún momento le han dicho que se vendrá con nosotros o si, simplemente, le hemos caído bien, pero hoy sus abrazos han sido mucho más espontáneos y su juego también... hasta que han llegado dos niños de los más mayorcitos a decirnos que era la hora de comer. D. ha empezado a recoger todo, mientras los mayores se han quedado con Marcos y su móvil viendo las fotos y hablándole de la camiseta de España que llevaba puesta. Me dan mucha pena estos nenes ya de 9 o 10 años. Miran todo con mucha curiosidad, hacen cosas para que tú lo veas, cuidan de los pequeños... son tres. Los vimos el sábado y hoy otra vez. Han estado rondando la sala todo el rato que hemos estado allí hasta que se han atrevido a pasar, con la excusa de que había que recoger. Nos los llevaríamos a todos. De verdad. Incluido el pequeño que llevaba unos mocos de aquí a la Conchinchina. Entre los suyos y los míos hemos acabado con todo el papel que llevaba en el bolso, jajaja!

A todo esto, ha habido un momento en el que hemos estado con la directora del orfanato. Lo justo para que se presentase y nos dijese que D. es un niño fantástico y muy tímido al principio, pero luego es todo sonrisas y risas. Y doy fe de ello. A  ver si mañana la vemos otra vez y le puedo hacer algunas preguntas que me rondan desde el sábado. 

Y poquito más hoy. La verdad es que el día ha sido mucho más natural que el primero y, aunque hemos tenido que compartir el tiempo con muchos más niños, nos ha gustado más. No ha sido nada forzado, D. se ha mostrado como es, nos ha buscado cuando lo ha necesitado y nos ha abrazado cuando ha querido (que ha sido mucho). Y al llegar la hora de comer, nos ha dado un beso y se ha ido con su silbato colgado tan feliz.

Mañana otro ratito hasta las doce y el miércoles el juicio y al hotel. ¡Esto ya está hecho! En 48 horas ya no nos separaremos más.

(No pongo fotos porque hoy solo nos hemos llevado el móvil y no puedo pasarlas al ordenador)

domingo, 23 de junio de 2013

La personita más bonita del mundo nos recibe con los brazos abiertos.




Ayer llegamos a Etiopía a las seis de la mañana después de casi 24 horas de viaje. Muertos, muy muertos, tremendamente agotados. Pero pisando, por fin después de tres años y medio, suelo etíope las penas parece que desaparecen. 


No tardamos mucho en recoger las maletas y menos aún en llegar al hotel. Check-in rapidísimo y en nada en la habitación. A deshacer las maletas corriendo y a bajar a desayunar. Yo me habría ido a dormir pero el hambre (o las ganas de comer por la ansiedad) y la necesidad de hablar con el representante para ver a qué hora podríamos ir al orfanato, hicieron que el sueño pasara a un segundo lugar. 

Después de llenar el estómago nos fuimos a dar una vuelta por los alrededores del hotel. Yo necesitaba comprar algo de maquillaje porque, lo que son las cosas, es lo único que no metí en la maleta. Y con la cara que llevaba (ya más de cuatro días sin dormir apenas y la sinusitis invadiendo todos los rincones de mi cara) no estaba yo en mi mejor momento. Si en ese instante tengo que ir al orfanato o al juicio, tal cual entro me echan. Pero una calle más allá del hotel y con la compra realizada, dimos la vuelta porque el aire en la capital es absolutamente irrespirable en mi estado. Y eso que hemos llegado en época de lluvias. La arena no se puede tragar si antes no la has masticado. Y quieras o no, la boca se te llena de arena, así que o masticas y tragas o tragas directamente y la lías. Hasta ahora yo sólo tenía sinusitis en la zona de los pómulos pero, entre la presión del avión y el ambiente de Addis tengo infección en los pómulos, en los oídos, en los ojos, en la frente... En fin, abstenerse de venir los asmáticos. 

Por lo demás, todo muy colorido, con mucha gente, muchos coches, muchas tiendecitas, el personal del hotel muy atento y simpático, siempre con una sonrisa incluso cuando le pides tres veces la clave de wifi diciendo "passport" en lugar de "password", hasta que caes y te das cuenta de que no haces más que repetir lo que hemos oído en el viaje una y mil veces: "passport, please". Lo que hace el agotamiento. 

De vuelta en nuestra nueva casa, llamamos al representante y nos dice que "entre la una y las dos" (como veis, dándose margen para no llegar tarde), vendrían a por nosotros. Miramos el reloj y son las doce. Pues yo ducha y poco más. Marcos aún se durmió un rato, pero es que mi marido tiene la capacidad de dormirse de pie y con una banda de tambores y cornetas tocándole en el oído... Y a la una y media ya estábamos listos en la recepción del hotel esperando al encargado de recogernos y llevarnos al orfanato. 

Apareció a las dos y cinco. Puntualidad británica. 

Después de las presentaciones y alguna que otra cosilla más, nos subimos en un Toyota Corolla... pero de los primeros en fabricarse, estoy segura. Ventanillas bajadas a tope y listos para empezar. Y lo primero que nos dice el representante al arrancar es que no nos preocupemos por la manera de conducir, "aquí es normal y tenemos menos accidentes que en España". Y se pone el cinturón. Automáticamente buscas el tuyo en el asiento de atrás pero no hay, lógicamente. Te encomiendas a todo y con eso te quedas. Si está muy ocupado el carril pues te cruzas al de al lado que es de sentido contrario y punto. Los que vienen de frente ya se quitarán si eso. A todo esto, tragando polvo, claro... en fin... filosofía africana, supongo. Pero oye, un trayecto de media hora o menos, frenando para esquivar los coches que se te echan encima, conduciendo a lo loco, frenando en unos pasos de cebra sí y en otros no, recortando a los peatones que se lanzan a la carretera y escuchando que está toda la ciudad levantada porque quieren hacer un tranvía, y antes de lo que nos damos cuenta estamos en la puerta del orfanato, sanos y salvos, con una nueva capa de piel de arena en el cuerpo esperando a que nos den permiso para entrar.

Quince minutos después y tras saciar la curiosidad de dos de los chicos más mayorcitos, nos bajamos del taxi y entramos. Nos pasan a una sala donde unos veinte niños nos cantan una canción de bienvenida, con palmas y todo. Y yo buscando a mi chico entre ellos. Hay uno que se le parece, pero no está cantando. ¿Será él? (más tarde, en el hotel, Marcos me cuenta que le ha pasado lo mismo con este pequeño). Termina la canción y después de decirles que lo han hecho fenomenal y de aplaudirles nos llevan a otra sala. No era él. Hay que descalzarse. La puerta está cerrada. Está ahí dentro. Madre mía, madre mía, madre mía...

Se abre la puerta, unos diez o doce niños sentaditos perfectamente colocados y en lo que el representante nos dice "A ver si le reconocéis" un torbellino viene corriendo por la izquierda y sólo me da tiempo a ver la mayor sonrisa del mundo y unos brazos abiertos. Por puro instinto me arrodillo y... ya. Empiezo a llorar como una magdalena. Por fin ha terminado todo. No nos soltamos, Marcos también está con nosotros, los tres abrazados. Sé que en la sala nadie habla, pero para mí el sonido de nuestras tres respiraciones juntas debe de estar siendo oído en cada rincón del mundo. Y no quiero que este abrazo acabe. Pero nos separamos y D. sigue con su sonrisa. Cuarenta minutos. Nos dan solo 40 minutos para que estemos juntos este primer día. Es sábado y la directora del orfanato no está, por lo que no se nos permite más tiempo. Así que me seco las lágrimas y me preparo para vivir los primeros cuarenta minutos de mi nueva vida en familia. Espero que no os importe que los guarde para nosotros tres.

A la hora de la separación me porté como una auténtica campeona (en clase me hubieran puesto una carita sonriente en el babi o, lo que es mejor, una estrella roja con permanente en la mano!!) y no solté ni una lágrima ni media. Sensación agridule, como dice Marcos. Pero ahora ya sí que podemos decir que termina la espera. 

Llegamos al hotel, a comer y a las seis de la tarde nos fuimos a dormir. El cansancio, los nervios y la emoción han hecho que amanezcamos a las siete y media de la mañana.

Hoy no podemos verle. Nos dedicaremos a guardar mucha de la ropa que le hemos traído en la maleta, porque le quedará inmensa. Es muy chiquitito, como un nene de dos años y medio. Menos mal que trajimos ropa de tres añitos. También aprovecharemos para hablar por Skype con la familia y coger fuerzas para el encuentro de mañana. Y yo, particularmente, para reducir un poco la sinusitis que tengo: he hecho la firme promesa de no pisar las calles de Addis de nuevo a menos que sea estrictamente necesario. No quiero estar peor para cuando nuestro príncipe se quede definitivamente con nosotros en el hotel.

Mañana intentaré poneros otra entrada.

Muchos besos!

miércoles, 19 de junio de 2013

¡¡¡¡¡Por fin!!!!!

Pues eso, que por fin volamos. 

El lunes a media mañana me llamaron al cole de la ECAI y me dijeron que ya tenemos fecha de juicio: el miércoles 26 de junio. Como tenemos que ver a nuestro peque un par de días antes, debemos estar allí el lunes. Estuve hablando con la mayorista de la agencia de viajes y hasta ayer por la tarde no conseguí cerrar el vuelo. Al principio nos daba uno con una escala de seis horas ¡SEIS! en Roma. A mí me dio algo cuando lo vi. Total, que para evitarnos tantas horas innecesarias de estrés gratuito, volamos el viernes y llegaremos a Addis el sábado alrededor de las siete de la mañana. Check-in, descarga de maletas, un par de horitas de sueño, una buena ducha y directos a conocer nuestro hijo al Orfanato, porque en la ECAI  han hecho todo lo posible para que podamos ir el sábado en lugar de tener que esperar al lunes. 

Siendo esto así, no me queda otra que agradeceros el tiempo que habéis estado a mi lado, vuestras palabras en cada momento, vuestro apoyo y vuestro calor durante este viaje que, más veces que menos, se ha hecho interminable. Pero, odiando esta frase como la odio, tengo que reconocer que no hay verdad más grande en la aventura de la adopción: todo llega. 

Mucho ánimo a las que aún estáis esperando. Vero, cariño, nos vemos seguro en Etiopía. 

Me despido con la promesa de haceros llegar, con la mayor frecuencia posible, las experiencias y emociones del Mes de nuestra vida.

¡Mil besos a todos! (Pero de los felices, felices, felices de verdad).

viernes, 14 de junio de 2013

Buenas noticias y... ¿raros? sentimientos

El lunes por fin nos llamaron de la ECAI para decirnos que nuestro juicio se celebraba al día siguiente. La llamada fue a las 9:02 y desde ese mismo minuto hasta que me metí en la cama la sensación fue de... no estar. No estar bien para emocionarme, no estar mal para no hacerlo, no estar bien para trabajar, no estar mal para no hacerlo, no estar bien para conversar, no estar mal para no hacerlo... Estar sin estar. Eso sí, eran las once y pico de la noche cuando me metía en la cama, previa tila para dormir y a las cinco en punto de la mañana los  ojos abiertos como platos y un nuevo día por delante, pero esta vez con los nervios a flor de piel y mirando el teléfono minuto sí y minuto también. Y por fin, a las 13:56 suena el teléfono y en la pantalla aparece el nombre de la ECAI. Sobra decir que todas las emociones las sentí en menos de dos segundos que tardé en responder. Juicio positivo y... nada de respirar tranquila porque faltaba un papel. No hay fecha de viaje. Sí, una se tranquiliza, se emociona y sonríe. Todos mis miedos desaparecen, ningún familiar lo va a reclamar pero... no hay fecha de viaje. Sí, hay que dejarlo preparado por si tenemos que viajar el domingo, que el papel puede entregarse al día siguiente y hay que salir corriendo pero... no hay fecha de viaje. 

Y aquí estoy hoy, después de una semana de infarto, sin dormir ni una sola noche desde entonces por mucho que me relaje, que me ahogue en infusiones o que me líe a hacer cosas para morirme de agotamiento al final del día. Dando el 200% en el trabajo para dejarlo todo arreglado, atado y bien atado. Corriendo por las tardes al volver a casa revisando las mil y una listas que he hecho para no olvidarme absolutamente de nada, haciendo maletas, comprando medicinas, visitando al médico, preparando documentación y... no hay fecha de viaje. 

A estas alturas, tengo un catarro que me dura ya veinte días, que hace una semana resultó ser alergia y que hace cuatro días derivó en un brote de sinusitis como hacía tiempo que no tenía. Cada mañana me tomo un protector de estómago, un antiestamínico (no sé si se escribe así) y dos gramos de antibiótico  para desayunar. Me obligo a comer, porque hambre, lo que se dice hambre... ni por asomo. Llega la noche, otros dos gramitos pa'l cuerpo y a dormir, o a la cama para no faltar a la verdad. Y hoy viernes me merecía descansar, desconectar, relajarme y divertirme, así que comida con los compis del trabajo. Buena compañía, buen sol, buena comida y a casa a seguir la tarde con la mente en blanco pero... no hay fecha de viaje. 

Y llego a casa, me doy una ducha y el dolor más grande de estómago viene a visitarme. Ya no sé si es de la medicación, de no haber comido más que lo justo estos días y hoy haberme pasado (esta mañana ya me lo veía venir cuando a las once he empezado con embutido, he seguido con galletas, he probado una empanada de jamón y queso y he terminado con chuches y chocolate) por culpa de una ansiedad incipiente, de los nervios o de todo al mismo tiempo. Y me tumbo en la cama y de golpe y porrazo ocurre lo que era de esperar: comienza mi bajón y todos los sentimientos se me echan de pronto encima. Y, por raro que parezca, lo primero que pienso es en esa familia que ha hecho posible que yo vaya a ser mamá. ¿Qué les llevó a dejar a mi peque? ¿Qué pasó por su cabeza en el momento en el que llegaron al orfanato?  ¿Y por su corazón? ¿Cómo llevaron los días siguientes sin él por la casa? ¿Lo echaban en falta? ¿Tuvieron la necesidad de volver a por él? Y el día del juicio ¿qué iban pensando en el viaje hasta llegar a la capital? ¿Qué les preguntaron? ¿Qué les dijeron? ¿Tuvieron dudas? ¿Qué les empujó a renunciar del todo a él? ¿Cómo fue el viaje de regreso para ellos sabiendo que ya no había vuelta atrás? 

Y yo, después de esta reflexión, ¿qué debo sentir? Deberé agradecerles eternamente su decisión, pero su pena no deja de ser mi alegría. ¿Cómo es posible que una criatura tan perfecta sea, a la vez, motivo de dolor y dicha? ¿Cómo se lleva este sentimiento contradictorio? Sí, me digo que ellos lo hicieron porque sabían que no podrían darle una vida mínimamente buena y decidieron que fueran unas personas del todo desconocidas los que se la proporcionasen, pero... ¿cuánto dolor ha habido (y puede que aún haya) en esa decisión?

Aún no hay fecha de viaje pero pienso en el momento de subir en el avión y de saber a dónde voy y con qué fin y... puf... solo siento miedo. Mucho miedo. Me veo en la necesidad moral y casi física de no defraudar a esa familia que ha puesto en nuestras manos lo más valioso que tenían. Y sólo viene a mi mente la imagen de unas manos intentando retener el agua que cae de un grifo... Tarea imposible: el agua siempre se escapa. ¿Seremos capaces de hacerlo bien? No pretendo, ni muchísimo menos, que mi pequeño olvide caras, voces, momentos y emociones, pero lo tiene todo tan reciente y su capacidad de recordar está ya tan desarrollada que tiemblo al pensar que no quiera "sustitutos". Y no tengo ningún derecho a impedirle sentir eso. 

No sé, estoy cansada de todo el jaleo que llevo esta semana, los antibióticos están contribuyendo poco a que mi energía esté alta y mi cabeza comienza a pensar por su cuenta... Igual lo mejor que puedo hacer es intentar dormir y esperar que mañana el sol regrese y se lleve las nubes que ahora amenazan con la tormenta más grande de mi vida.

Pero es que, aún no hay fecha de viaje...