martes, 31 de diciembre de 2013

Cuando Santa te regala un superhéroe


Tu vida cambia. Y lo digo en serio. 

D. no es un niño tranquilo. Siempre tiene los niveles de energía al 200%. Las ideas continuamente están tomando forma en su cabeza. Además, ayuda, hace fichas en casa todas las tardes, pasa un montón de tiempo jugando: solo, con su padre, conmigo, con la perra, con la bici... baila con cualquier ruido que dure más de tres segundos y canta y se inventa la letra de las canciones a su antojo. 

Pero cuando Spiderman hizo su aparición, el ritmo de D. se incrementó hasta límites insospechados. 

La noche del 24 de diciembre, el peque se acostó recordándome que apagase la chimenea y la dejase abierta para que Santa pudiera entrar en casa sin problemas. Se aseguró de dejar bien preparado un vaso de zumo y unas galletas para Papá Noel y un barreño con agua para los renos, que seguro tendrían sed. Le dijo a la perra que no tocara nada y se fue a dormir. A la mañana siguiente, amaneció rondando las ocho y media y su primera pregunta fue si había venido Santa. Como en estos casos hacer esperar a un niño es casi cruel, allá que nos levantamos su padre y yo y bajamos los tres las escaleras. Bueno, Marcos bajó las escaleras y yo arrastré un cuerpo rígido, rígido, rígido que llevaba los ojos tres metros por delante de la cara. El pobre tenía un conflicto inmenso: no sabía si quería ver los regalos o prefería correr a esconderse debajo de las sábanas...

Sobra decir que Papá Noel colocó los regalitos estratégicamente para que el último en abrir fuera el disfraz. Y así fue. Todo lo encantó pero cuando desenvolvió el paquete y apareció el trozo de tela azul y rojo, D. empezó a saltar de alegría y a gritarle las gracias a Santa recordándole lo maravilloso que era. 

Tardó nada y menos en quitarse el pijama y transformarse... Y vaya si lo hizo:





Desde entonces desayunamos, comemos y cenamos con un superhéroe. Y una se siente mucho más tranquila... o no. Porque tan pronto se disfraza, le poseen unas ganas enormes de moverse, de soltar energía, de correr por toda la casa, de experimentar nuevos saltos y patadas giratorias (o algo parecido), "yo te ayudo" y "yo lo hago" son las frases más repetidas.

Claro que, como todo superhéroe que se precie, nuestro Spiderman tiene enemigos en casa y subir solo a su cuarto implica una conversación del tipo:

D.: No subo solo que tengo miedo.
Yo: ¡Si eres Spiderman! Spiderman nunca tiene miedo. 
D.: ¿No?
Yo: ¡No! ¡Spiderman es fuerte y valiente!
D.: An, vale.

Y ahí queda la cosa. 

El problema de tener un ídolo es que, en algún momento, el mito se nos cae del pedestal. Y esto ocurrió cuando vimos la peli de Spiderman. Mi pobre héroe creía que el superhombre era cualquier cosa menos eso: un hombre. Y tras los primeros minutos de peli su cara de decepción era digna de ver. "¡Si no es Spiderman, mamá! Es solo un hombre", y ahí una tiene que contar que todos los héroes son humanos que tienen una vida normal y que solo se transforman cuando hay que ayudar a la gente. 

Por fortuna el golpe duró poco y D. vuelve a vestirse de rojo y azul en cuanto abre los ojos por la mañana. 

Y por suerte para nosotros, ser superhéroe implica acabar el día sin una sola gota de energía en el cuerpo:




Felices sueños, príncipe. 

viernes, 6 de diciembre de 2013

La felicidad


¿Cuántas son las cosas que uno necesita para ser feliz? Supongo que depende de la situación de cada cual. 

Pasas por la vida planeando, imaginando, deseando... Piensas que siempre habrá un momento adecuado para hacer todo lo que tienes en mente. Crees que está todo perfectamente organizado y temporalizado y, sin embargo, la vida nunca te permite ceñirte a lo ideado.

La improvisación es lo que vale. Es lo que añade esa chispa a la vida. A veces desespera, a veces asombra. 

¿Cuándo es el mejor momento para cada cosa? ¿Cuándo da la mayoría de la gente un paso determinado? Vivimos rodeados de estadísticas pero raras veces en mi vida los acontecimientos han surgido conforme a lo comúnmente establecido.

¿Y qué pasa con los niños? Los niños sí que son impredecibles. 

En el tiempo que ha durado mi espera adoptiva he devorado noticias relativas a los tiempos en los que suelen suceder las cosas. Pues bien, con mi hijo todo ha sido fuera de plazo: antes o después, pero nunca "durante". 

Los niños tienen la asombrosa capacidad de "ser" cuando quieren ser. Y punto. Descoloca llevar en la cabeza un esquema de fechas aproximadas y creerte preparada para cada una de ellas para luego... bueno, para que simplemente se rompan todos y cada uno de ellos.

Una tarde, como tantas otras, estás en la ducha con el peque. Todo va conforme lo acostumbrado: son las siete y media de la tarde, comienza la rutina de la relajación antes de ir a dormir. En este punto, para mí se han acabado los juegos movidos y entramos en modo "off". Evidentemente es algo que NUNCA consigo a la primera. D. adora la ducha y todas las diversas monerías que se pueden hacer en ella. Además, la mampara es un lugar tan fantástico como cualquier otro para dibujar. Así aprendió a realizar los números del 1 al 4 y las letras de su nombre con el dedo en el cristal (mucho más fácil que con el lápiz) en muy poco tiempo, por lo tanto, tampoco puedo negarme a esta diversión. Cantar bajo el chorro del agua y que nunca consiga decir una sola palabra bien pronunciada es la mar de divertido y por mucho que una diga "D. hurry up!" D. sigue cantando. 

En estas estaba yo el pasado 18 de noviembre, pendiente del tiempo que me quedaba para echarle aceite, desenredarle el pelo, darle la cena y meterlo en la cama (previa lectura del cuento "Siempre pienso en ti", muy recomendable, por cierto). Una hora escasa teniendo en cuenta que quedaban pocos minutos para las ocho y, cuando estoy poniéndole el albornoz y diciéndole "Let's go, it's dinner time", me pone una mano a cada lado de la cara y me dice muy serio, en un correctísimo castellano: "Mamá, te quiero mucho". 

Llevábamos exactamente cuatro meses y 23 días juntos. ¿Mucho? ¿Poco? Está claro que él no necesitaba más tiempo para decirlo. Pero a mí me pillo tan de sorpresa, que durante un par de segundos no pude hacer otra cosa que no fuera mirarle. Y ahí siguió él, aguantando la mirada, muy callado, muy serio... Y luego rompió a reír y yo con él claro, mientras me lo comía a besos y a abrazos y le decía: "Yo también te quiero mucho, muchísimo, muchísimo".

Desde entonces, está más cariñoso, muuuucho más cariñoso. Nos da besos de forma espontánea y te echa los brazos al cuello a cada minuto. Te mira y sonríe y sólo él sabe lo que está pasando por su cabeza. 

Para mí, todo empieza a estar bien. La tranquilidad y la normalidad están entrando en casa y la felicidad, poco a poco, comienza a dejar de marear y a establecerse como uno más entre nosotros. Cada día. Sin tiempos determinados ni momentos establecidos. Sin ceñirse a estadísticas. Sucede cada mañana con cada nueva sorpresa que D. nos regala sin saberlo. Mi príncipe simplemente ES y nosotros somos con él.