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domingo, 10 de noviembre de 2013

Orígenes y pertenencia.

No sé qué genera el sentimiento de pertenencia. No sé qué cambios se producen en nosotros que nos atan a una tierra. No sé si las razones que tenemos para amar un lugar son siempre subjetivas... No sé. Son muchas las cosas que no sé. 

No entiendo de biología, antropología, geografía ni psicología... No estoy en posesión de datos científicos ni tampoco quiero conocerlos. 

Sé que el tiempo y las circunstancias me hacen amar un lugar en el que no he nacido. Sé que pronunciar el nombre de un país concreto me produce sensación de paz. 

Sé que miro a mi hijo y no lo veo blanco, negro, amarillo o rojo. Lo que veo es la perfección de una vida. Veo la cara de un país que no es mi cuna y siento la mirada de la felicidad de un niño. Noto el calor de una piel nueva y soy consciente de estar viva. No lo veo diferente, pero lo sé etíope y algo salta en mi interior y vuelve a mí la tranquilidad. 

Oigo su voz y me doy cuenta de que me he acostumbrado a su acento, a su tono, a su timbre... Y no puedo más que sorprenderme de nuevo. Cuatro meses... solo cuatro. Y parecen toda una vida.

A veces me dejo arrastrar por el recuerdo de otros olores, colores, sabores... y siento añoranza de ella. Y quisiera volver y descubrirla despacio. Y conocerla y explorarla. Y amarla de la mano de D. 

Etiopía...

Dulce Etiopía...

Y así hoy, por fin, descubro que pertenezco a muchos mundos. Que no soy simplemente española. Intento encontrar un lugar que sienta como mío y no soy capaz de concretar. Sin embargo, esto no me altera. Al contrario, me agrada. Y mucho.

Sí. Nací en Madrid pero vivo en Cuenca, Granada es mi ciudad preferida, en Marrakech me siento en casa, sueño con la Plaza Roja de Moscú, la comida hindú me apasiona y Eitopía me ha robado el corazón... 

Pertenezco entonces a mil sitios y solo a uno estoy ligada por nacimiento. ¿Dónde está la lógica? ¿Dónde la objetividad? ¿Por qué es necesario cuestionarlo todo y ser siempre racional?

Cuando D. me pregunte si es diferente porque es de otro sitio, con todo lo que acabo de descubrir ¿seré capaz de hacerle entender que no se es ni de un lugar ni de otro? ¿conseguiré que comparta mi amor por el mundo sin un motivo objetivo y tangible? Lleva Etiopía tatuada en la sangre. Para él, allí comenzó su historia. Para nosotros, allí formamos nuestra familia. Descubrirá que sus orígenes son africanos y que en poco tiempo se convirtió en español. Deberá aprender que no ha de amar más a España que a Etiopía, ni al contrario. 

Quiero que mi hijo sea un ciudadano del mundo. Quiero que ame la vida sin importar dónde esté su casa. Quiero que construya un hogar sin pensar en qué tierra se asienta. Quiero que permita que los sentimientos marquen su camino y lo racional no ocupe todo su tiempo. Quiero que cante, ría, baile y sueñe. Quiero que viaje y encuentre en cada ciudad una pieza del puzzle de su vida. 

Hoy mi lugar está donde esté él y sus pasos harán mi senda. Hoy reconozco mi origen y descubro mi pertenencia. Hoy, mi deseo para D. es que en su vida no existan fronteras. 




domingo, 27 de octubre de 2013

Cuatro meses después.




Ayer hizo cuatro meses que abrazamos a nuestro hijo por primera vez. Y, sin embargo, parece que llevamos juntos toda la vida. 

Echo la vista atrás... Parece increíble, pero me cuesta recordar los malos momentos vividos. Soy consciente de todos los pasos que hemos tenido que dar hasta llegar a D., de las emociones que sentí cada vez que lográbamos subir un peldaño de más, de mirar los que quedaban por delante y no ver nunca el final de la escalera. De las lágrimas derramadas cuando me fui quedando sin batería, cuando me veía cada vez más lejos de él, a pesar del "todo llega" y los ánimos de los que me rodeaban. Sé que caí en un oscuro pozo y que hubo momentos en los que no me importaba estar allí...

Pero ya no me ahogo al rememorar. Al contrario: si bien guardo esos días en la memoria, mi corazón no reproduce los sentimientos. Mi alma los ha borrado y los ha sustituido por todos los que llegaron después, comenzando con la llamada de Bienestar Social. Justo cuando había tirado la toalla por completo. 

Recuerdo haber llamado a la Ecai tan solo un mes antes de la asignación, y haberle dicho a Pilar que no podía más, que me bajaba del barco. "Aguanta un poco, Laura. Con todo lo que lleváis esperando, ¿cómo lo vas a dejar ahora?" Ella ya lo sabía. 

Me convenció y acordamos fijar como fecha tope el mes de junio.

Junio... quién me iba a decir dónde estaría en junio...

Y así, el 7 de marzo supimos de su existencia. Estos son los recuerdos que ahora anidan en mi memoria. Los que hacen que fluyan las lágrimas de alegría al revivir todos y cada uno de los sentimientos que, desde aquel día, comenzaron a formar parte de mi vida. 

Suena a tópico pero, de verdad, no me lo podía creer. No hacía más que llorar y llorar y llorar y hablar con todo el mundo y mandar y recibir mensajes. Y acabé el día sin saber a ciencia cierta si era un nuevo episodio de mi vida o si al día siguiente, con la alarma del despertador, amanecería otra vez sin noticias de nada. 

Hoy tengo la sensación de haber vivido un siglo desde entonces. 

Como he dicho antes, he olvidado los negros sentimientos porque tengo cientos maravillosos que atesorar. 

Soy una persona de rutinas. Ni me gustaban ni me disgustaban. Simplemente las necesitaba porque me transmiten estabilidad. En ellas soy capaz de encontrar calma. Pero jamás pensé que llegaría a adorarlas. El hecho de que cada mañana, según pongo los pies en el suelo, sepa que voy a recibir un "good morning, mami", es motivo suficiente para que me confiese una enamorada de ellas: la rutina del buenos días, la rutina del desayuno juntos, la rutina del viaje al cole, la rutina del viaje a casa, la rutina de comer juntos, la rutina de jugar... La rutina, en fin, de la vida con D.

Me encanta redescubrir el mundo a través de sus ojos. No recordaba que algo tan simple como unas sábanas de invierno pudieran resultar tan fantásticas. Ni que unos grumos de cola-cao en la leche pudieran deprimir tanto. O que convertir el agua de la cisterna en agua azul con las famosas pastillitas fuera algo imprescindible de contar en el cole. Recoger fresas cada mañana del jardín puede llegar a hacerse tan necesario que, si te vas a clase sin haberlo hecho, se convierte en tu primer objetivo al volver a casa (no sé qué vamos a hacer cuando llegue el invierno. Habrá que recolectar otra cosa). ¿Y qué me decís del placer de pellizcar el pan un rato antes de comer, cuando crees que nadie te ha visto? ¡Euforia total! Eso, por no hablar del subidón que se experimenta al estrenar unas zapatillas con las que estás hipermegaconvencido de que vas a correr más que nadie...



¿Quién no se ha comido las palomitas como si se le fuera la vida en ello?


Supongo que todas las madres dirán que sus hijos son maravillosos. Eso no quiere decir que no seamos capaces de ver los lados (no diré negativos, es una palabra muy fea) menos positivos de nuestros príncipes y princesas. Es, simplemente, que nuestra vida es fantástica por el simple hecho de que ellos llegaron. Y esto fue lo que dije en el seguimiento cuando me preguntaron: "¿Cómo es D.?" "Maravilloso". 

Una vez que esto ha quedado claro, una puede describir a su hijo: su carácter, sus manías, sus prontos, sus gustos, sus locuras... Pero "maravilloso" es lo primero. Y no quiero decir que no hayamos tenido momentos duros, que D. tiene carácter para regalar a diestro y siniestro. Es de personalidad fuerte y marcada. Tiene todo muy claro y uno no consigue que se quede convencido de nada a la primera de cambio (por cierto, las rabietas ya no existen, pero los tira y afloja... puf!). Sin embargo, es maravilloso. Y punto.

Cuatro meses ya... Uff!

Cuatro meses en los que he llegado a una única conclusión: mi hijo es el rey Midas. Cada cosa que toca la convierte en oro, porque él es oro puro. D. ha incrementado el valor de mi vida hasta tal punto que me ha hecho rica. Rica en experiencias, rica en alegría, rica en amor, rica en ilusión, rica en risas y sonrisas (que falta me hacían), rica en esperanza, rica en besos, abrazos y caricias. Aunque también rica en cansancio, miedo, dolor y pesar por cada una de sus lágrimas de tristeza. Pero bienvenido sea esto último si tengo lo primero para contrarrestar. ¡Soy rica! ¿Qué más puedo pedir? 

Y no necesito nada adicional. Estamos los tres juntos y todo lo demás me sobra ya. 



jueves, 1 de agosto de 2013

El tiempo (y los médicos) me dieron la razón.




¿O no es tan raro? En fin, sobran las palabras. Fatiga mental. 

El 95% de los niños (más o menos mayorcitos) que llegan a casa después del viaje de adopción, la sufren tras cuatro o cinco días de estímulos continuados (algunos necesarios e inevitables y otros, NO). 

También le diagnosticaron intolerancia a la lactosa. Muy común en África, Asia y América del Sur. Como no se trata de una alergia, hay que evitarla al principio e ir introduciéndola muy poco a poco en los próximos años. 

De cualquier manera, a estas alturas, D. está cada día mejor. Le sigue costando la relación con la gente que no conoce, pero tras un ratito y si no le agobian mucho, él solo se va acercando. Claro, lo de "no le digas nada, que ya irá él solo" la gente no lo entiende mucho, pero es así y para muestra la primera visita que hicimos al cole: el lunes, después de hacer la solicitud de plaza en Educación, nos pasamos por el colegio. Como en estas fechas ya solo quedaban tres personas trabajando, es el mejor momento para la primera toma de contacto. Los tres compañeros que estaban allí lo hicieron fenomenal: me saludaron y hablaron conmigo dejando que D. se acostumbrara al lugar a sus voces. Sin agobios. Un simple "hola guapo" al entrar y punto. Cuando D. vio que aquellas personas, no solo no le pedían besos o abrazos sino que tampoco estaban pendiente de él, se relajó salió de su escondite favorito en estos casos: las piernas de mami o papi. Este momento, cuando él ya estaba seguro de que nadie iba a exigirle nada, se acercó por propia iniciativa a todos los que estaban allí. 

Pero ¿sabéis qué es lo mejor de todo esto? Que yo no les pedí que hicieran lo que hicieron. Que estas tres personas no son maestras (responsables de Portería, Secretaría y Mantenimiento). Que no tienen conocimientos pedagógicos. Tienen SENTIDO COMÚN. Y se ganaron a D. fácilmente. Del "hola guapo, ¿qué tal?" al "dame un beso, dame un abrazo, qué llevas en la mano, mira lo que tengo para ti, ven que te vea bien, qué grande estás, ¿quieres venir conmigo?, ven que te coja, ¿estás con papá y mamá?, qué bien estás aquí" etc. etc. etc. hay un camino que, para algunos, está visto que es intransitable. Y, mil perdones a esta gente, pero yo no soy capaz de entender el motivo. 

En fin, los que han tenido la paciencia de dejar a D. libertad para dar besos o salir corriendo, han podido comprobar que es un niño fantástico, cariñoso, divertido, alegre, movido, curioso, con un sentido del humor espectacular... y con carácter. 

Además le encanta bailar y cantar, destripar juguetes (en concreto los cochecitos), montar en bici (tía S. te lo has ganado de por vida), ir en la "máquina big, big, big" de mamá y mirar por la ventana, bañarse en la piscina, desayunar cereales de "ambasa" (los Frosties de Kellogg's), repetir todo lo que los adultos dicen (incluido un "joder" que se me escapó) y... ¡¡¡¡el chocolate!!!! Como veréis, un niño raro, raro, raro... (para los que suelen tomarse las cosas literalmente: esto último es broma). 

Y ayer descubrimos que adora la canción Waka waka de Shakira. Conocía el estribillo (obvio) y cuando me oyó cantarla un día se puso tan contento. Hoy, en concreto, la hemos oído durante los quince minutos de ida y otros tantos de vuelta hasta el centro de la ciudad. Y cada vez la canta con más entusiasmo. Ahora ya solo nos falta la coreo. 

En otro orden de cosas, como era de esperar, ha aumentado su vocabulario tanto en inglés como en español y, aunque últimamente la palabra más pronunciada en esta casa es "biti" (bici), mantenemos largas y entretenidas conversaciones los tres. Insisto: una familia rara, rara, rara...

No puedo terminar la entrada sin remarcar que la rutina es lo que ha hecho posible que D. se haya ido habituando a la tranquila y necesaria convivencia con papá y mamá, a los horarios, a saber qué viene a continuación y a su autonomía e independencia dentro de su casa. 



BENDITA RUTINA

martes, 23 de julio de 2013

Reflexiones del quinto día.



Bueno, pues estamos en casa desde hace cinco días. Cinco INTENSOS días en los que hemos tenido de todo. Afortunadamente, solo una rabieta gorda. Pero es que fue tan grande, que hasta el vecino pasó a preguntar si iba todo bien. 

Ayer y hoy D. ha estado muy tranquilo. Y es que llevamos dos días sin saltarnos los horarios y respetando las rutinas. Las visitas han sido fuera de casa y nunca de más de una hora y pico. Aunque hay diversidad de opiniones a mi alrededor, yo insisto en que el hecho de que D. sepa lo que va a pasar a continuación le da seguridad. 

Aún pregunta, en alguna ocasión, si vamos a coger otro avión. Y eso que la experiencia le encantó. Ver los aviones en el cielo está bien. Verlos desde la sala de embarque es genial. Pero tener la oportunidad de subir en uno por la escalera exterior en lugar de hacerlo por la pasarela, no tiene precio. Sin embargo, a pesar de ser un momento inolvidable de su vida, los aviones implican cambio. Y D. no quiere seguir cambiando. Ha llegado a casa y todavía no está seguro de que este lugar sea el definitivo. Después de vivir en el orfanato y pasar un mes en un hotel, ¿quién le garantiza que nuestra casa no es solo una parada más?

A esto es a lo que me refiero. A la seguridad que yo considero que ha de tener. Debe saber (y digo "debe saber" no "debe DE saber", que la diferencia es importante) que aquí nos vamos a quedar. Que SU casa es, al menos durante un tiempo, SU santuario. Es en el único lugar en el que no necesita ir de la mano de nadie. Sube y baja las escaleras sin problemas, entra y sale de las habitaciones solo, abre y cierra puertas y cajones con total tranquilidad... Todo lo que está fuera de estas paredes, aunque conocido, no es su territorio. Y le gusta salir de casa, que conste. Y a veces hasta es complicado conseguir que vuelva a entrar. Pero en el interior no hay miedos ni temores. Sabe quiénes son sus abuelos, tíos y vecinos/amigos y está encantado con ellos. Pero como nos pasa a los adultos, lo poco agrada y lo mucho desagrada. Acabamos de llegar, tenemos toda la vida por delante, ¿tan importantes y tan necesarias son las visitas estos primeros días? ¿Es que no se me entiende cuando pido que las cosas vayan poco a poco?

Que nadie me malinterprete. Por supuesto que la familia es importante pero ¿quién es su familia en este momento? Tan solo su padre y su madre. Es duro decirlo, sin embargo me apuesto el cuello (y sé que no lo pierdo) por una cosa: si mañana alguien viniera y se lo llevara a otra familia maravillosa, D. pasaría unos días malos pero se acostumbraría y los querría muchísimo en un futuro. Igual que se acostumbró al orfanato y quería a sus cuidadoras por encima de todo. ¿Por qué? Pues porque el vínculo con nosotros aún no está hecho. Nos quiere y nos da abrazos y besos a cada segundo, pero el apego no se hace en un día. El apego se cuece a fuego lento y necesita mucho tiempo de reposo. Y para que este se cree, ha de haber tranquilidad y rutina. Y seguridad y calma. Y tiempo para pasar malos y buenos momentos. Y días enteros para salir y volver al hogar. 

Y no estamos hablando de un bebé. Estamos hablando de un niño de cinco años que razona, que tiene preguntas y que busca respuestas. Que difiere y protesta y busca límites. Y no por recibir más visitas de unas personas u otras las va a querer más o menos. Sin embargo, que las visitas interfieran en su rutina sí repercute en el tiempo invertido para afianzar su seguridad y confianza, para entender que su casa es el lugar en el que puede estar tranquilo, sin interrupciones. Y cuando este primer paso TAN IMPORTANTE se haya dado por completo, entonces y solo entonces, los cambios podrán empezar a tener lugar. De la misma manera que una casa no se construye por el tejado, la estabilidad de un niño no comienza a formarse en la calle ni con gente "de fuera". 

Llegados a este punto de mi reflexión, la siguiente pregunta es: independientemente de que muchas de las cosas que digo son de sentido común y no hace falta un máster para entenderlas, ¿tan difícil es comprender que mi experiencia con niños es un grado? Llevo exactamente la mitad de mi vida trabajando con peques. Si a estas alturas no he aprendido nada, mejor cuelgo la bata y me dedico a otra cosa. 

Ya no pido que se respete mi persona. Pido que se respete mi casa y a mi hijo. Pido que se me permita decidir cuándo y dónde verlo. Pido que se me pregunte sobre lo que se quiere hacer con él. Pido que se entiendan (y si no se entienden ya me da igual) y se acepten mis opiniones. Y pido que no se me discuta. 

Hago un llamamiento a la comprensión, y lo hago por el bien común: me conozco y sé de qué manera soy capaz de perder los papeles cuando mi paciencia se acaba. Y se termina cuando me canso de hablar y de razonar. 

A estas alturas diréis: "si solo llevas cinco días en casa". Pues imaginad qué cinco días. Temo que todo lo que consiga entre semana (y no me refiero a esta primera semana, sino a las que están por venir) se vaya al traste con la llegada del viernes. 

El resto de las entradas me darán o me quitarán la razón. Y nunca he deseado con más fuerza poder decir "estaba equivocada".



martes, 16 de julio de 2013

¡Un día en el zoo Lion Park de Addis y la maletas preparadas!

La primera gran noticia es que hoy hacemos ¡CINCO días sin rabietas! Amagos tenemos muchos, pero todos se quedan en agua de borrajas. Es una maravilla, estamos contentísimos. Y con "estamos" me refiero a los tres, porque D. no hace más que bailar y cantar todo el día. Él también percibe que todo es alegría. Da gusto oírle reír.



En otro orden de cosas, ayer decimos ir a visitar el zoo de Addis. Para D. fue una experiencia maravillosa. Para nosotros, bueno, la experiencia fue disfrutar viendo al peque, porque a mí los animales me dieron mucha pena, ya que ninguno de ellos tenía más espacio para moverse que el que tenemos nosotros en la habitación del hotel. Pero D. lo absorbía todo, lo asimilaba, lo interiorizaba... Se asombraba con los leones (con los "ambasa", a los que yo siempre, torpe de mí, llamo "sambala" como la montaña rusa de Port Aventura). Miraba absorto cómo devoraban la comida, cómo rugían y movían la cabeza. Mi atracción fue él, sin duda alguna. 


En el mismo zoo, había una zona de atracciones y claro, después de ver su cara con los animales no podíamos renunciar al placer de verle experimentar las emociones de los "cochecitos" o de los todo-terreno con batería. 





Esta primera atracción estuvo bien, pero donde realmente disfrutó fue en el todo-terreno. Le encantan los coches grandes. Cuanto más grandes, mucho mejor. Y, claro está, "conducir" uno de su tamaño fue todo un privilegio.




Mamá hizo un auténtico esfuerzo y se preparó para subir en la noria. Menos mal que mi príncipe me ahorró el suplicio. Se ve que a él tampoco le apetecía. 

Rematamos la mañana en el zoo con una gran excepción, por ser un día especial: una MIRINDA entera para él solito.

De camino al hotel y con la tripa rugiendo como los ambasa, paramos en un restaurante hindú. Todo muy rico gracias a que lo pedimos sin picante. Y, de nuevo, D. fue el que más disfrutó: no le cambió la cara ni cuando probó una salsa que, ya en la distancia, picaba más que la tiña (jiji). Bueno, confesaré que mamá disfrutó también como una enana. Adoro la comida internacional. Lo pruebo todo y todo me gusta. Soy capaz de comer hasta reventar. 

La segunda gran noticia es que el vocabulario de D. aumenta cada día a pasos agigantados: "a la ducha", "así mejor", "en avión a Cuenca", "buenos días", "tines (por calcetines)", "chocolate", "zumo", "te/me gusta", "culete", "espera", "coche", "dónde está", "fenomenal". "aquí", "allí", "ahí", "arriba" y la que más le gusta: "D. guapo, muy guapo". En inglés ya dice: "sleep", "jacket", "good morning", "hello", "bye" y "thank you lunch" en lugar de "thank you very much".

Y la tercera gran noticia es que ¡VOLVEMOS A CASA! 

Esta mañana hemos llamado al representante y no nos ha cogido el teléfono, pero un poquito antes de las dos de la tarde, nos ha devuelto la llamada y se ha sorprendido de nuestra pregunta: "¿Qué sabes del pasaporte? ¿Cuándo vamos?" Supuestamente, su "maravillosa" secretaría, debería habernos dicho la semana pasada que tenemos hora para mañana. Si ya me caía mal antes, ahora no puedo ni verla. ¿Y si la tía se presenta mañana a recogernos y nosotros no estamos preparados? Ahora que lo pienso, ¿y si es su venganza por dejar llorar a D. la semana pasada? (voy a darle un voto de confianza y a creer que, simplemente, se le pasó).

El caso es que mañana a las nueve viene a por Marcos. Mientras tanto, D. y yo intentaremos cambiar el vuelo en la oficina de Ethiopian Airlines. Nos han dicho que si lo hacemos directamente con ellos ni siquiera tenemos que pagar las tasas, que a estas alturas ya son unos 200 euros. Si papá no tiene ningún problema en Embajada, a las 00.30 podremos coger el vuelo que nos llevará hasta Roma. Desde allí, un avión hasta Madrid y a las 11.30 pisaremos suelo español. 

Hemos estado fenomenal en Addis y, sin duda, será el viaje de nuestra vida, pero estoy convencida de que lloraré al pisar mi tierra. Y no lo digo solo porque ya tenemos ganas de volver. Es que, en ese momento, comienza la aventura real: el día a día en nuestra casa, con nuestra cultura, nuestras tradiciones (ya estamos pensando en la ropa de la peña de San Mateo y en el tambor de la noche de Turbas), la celebración de su primer cumpleaños con papá y mamá, la primera Navidad... Comienza nuestra verdadera vida en  FAMILIA. Comienza nuestra VIDA para siempre.




viernes, 12 de julio de 2013

¡Ya queda menos!



En estos cuatro días que no he escrito, han pasado varias cosas:

La primera, que la tarde en la que publiqué la última entrada, nos llamó el representante para que fuésemos a hacer fotos a D. y copias de nuestros pasaportes para poder ir a Inmigración. Cuando le dijimos a D. que tenía que vestirse corriendo, nos miró un poco mal, pero al explicarle que necesitábamos fotos para poder volar a España, se puso tan contento. Nos acompañó un trabajador del hotel, muy simpático por cierto, hasta el fotógrafo más cercano y se quedó con nosotros todo el rato. D. sale guapísimo, aunque se quedó un poco sorprendido del fogonazo del flash. 

A la mañana siguiente, vino el representante a por nosotros. Menos mal que comprobamos la documentación antes, porque la fecha de nacimiento de D. que él tenía era de un año posterior. Nos costó convencerlo de que D. no es del 2009, sino del 2008. Decía que no había problema, que daba igual. No sé si en la Embajada nos hubieran echado todo para atrás por diferencias entre la partida de nacimiento de D. y la fecha que nosotros tenemos en la documentación que nos dieron en Bienestar Social y que tenemos que presentar pero, por si acaso, no queríamos correr riesgos. Además, por muy poco que mida D. su desarrollo no es el de un niño de tres años. Ni por asomo. Total, que nos pusimos cabezotas y, al final, el representante dijo que lo cambiaba, pero que deberíamos retrasar todo un día. ¿Y qué es un día cuándo ya llevas en Addis tres semanas? ¿O cuando llevamos tres años y medio en el proceso de adopción?

Total, que a las nueve de la mañana del miércoles, vino a buscarnos la secretaria del representante. Nos subimos en un híbrido entre furgoneta y minibus, y nos fuimos a Inmigración. El concepto que yo tenía hasta entonces de colas para entrar cualquier sitio, cambió de manera radical. Aquello parecía un caracol humano. Gente, gente y más gente. Y como aquí todo funciona así, Marcos por una puerta y D., la secretaria y yo por otra, colándonos con todo el descaro del mundo. Yo me quería morir. No sé si a toda esa marea de personas le molestó o no que pasáramos por delante, pero en dos minutos estábamos dentro. Y a saltarse la fila otra vez. Todos allí de pie, sentados, esperando su turno y nosotros de una sala a otra, ignorando las caras que nos miraban. En poco más de cuarenta minutos teníamos todo lo necesario para ir a la Embajada.

De nuevo,a la furgoneta y un buen ratito de tráfico hasta que llegamos. Solo se bajaron la secretaria y Marcos y D. y yo tuvimos que esperar cerca de una hora, pasando calor. Allí dejaron el expediente de D. y la solicitud del visado. Ahora nos toca esperar a que lo revisen y nos llamen para ir a recogerlo. En teoría, el miércoles que viene podremos volver a casa. 

La segunda aventura, llegó en el viajecito de vuelta de la Embajada: una nueva rabieta. Pero esta vez de las gordas. De las que conseguirían sacar de quicio al Santo Job, y todo porque D. quería cambiarse de sitio en el taxi. El vehículo en cuestión habría que verlo: no voy a hablar de la limpieza porque no tiene sentido, guarro es poco; todos los hierros por fuera y tan solo un par de barras horizontales separando la zona del conductor de la de los pasajeros (que digo yo que se le ocurriría ponerlas a alguien que salió despedido por el parabrisas tras uno de los mil frenazos salvajes, muy salvajes, de los que se estilan aquí). El caso es que D. quería sentarse en uno de los asientos que dan al pasillo que hay hasta la puerta. Y vosotros diréis "¿y cuál es el problema?". Bueno, pues en un crío tranquilo no existe tal problema, pero en D, que se cayó del asiento con el coche parado (que parece que lo alimentamos a base de coca-cola del movimiento que tiene), el problema en mitad del tráfico caótico de esta ciudad, se convierte en un problemón. Y claro, le dije que no. Se sentó en el suelo, detrás del asiento del conductor, y comenzó el espectáculo. Y a todo esto, va la secretaria y me mira perdonándome la vida mientras me suelta: "No puedes hacer esto, no lo estás haciendo bien. No hay que dejar que los niños lloren". Hala, y se quedó más ancha que larga (ahora entiendo el "genio etíope". Si te dejan hacer lo que te apetece desde que eres pequeño con tal de que no llores, ¿qué humor vas a gastar cuando te digan que no a algo?). Bastante cabreada estaba yo como para aguantar eso, así que le contesté que lo que no se puede permitir es que no aprenda a aceptar un no o que siempre se salga con la suya. Así que, se dio la vuelta y se puso a hablar con el conductor. 

Me apuesto el cuello a que me estaban poniendo a parir. Como si yo no estuviese acostumbrada. Con lo reservada que soy en un primer momento, estoy habituada a caer mal a la gente y a que me pongan fina (luego soy muy maja, ¿eh?, pero de entrada soy "especial", jiji), por lo tanto, dejé que dijeran de mí lo que les apeteciera y seguí mirando por la ventana. Claro, a los veinte minutos de berrinche, teníamos ya la cabeza como un bombo. Llegamos al hotel y lo tuve que bajar en brazos mientras pataleaba y llevarlo a la habitación. Pero ahí no acabó todo. Aún nos quedaba otra media hora de lloros y gritos, hasta que D. se quedó dormido en el suelo. 

Cuando Marcos lo cogió para subirlo a la cama, el espectáculo continúo y D. nos obsequió con otros cuarenta maravillosos minutos de sus extraordinarias facultades pulmonares. ¡Bieeeeeennnnnn! Un extra de la actuación que anterior. Como en los grandes conciertos cuando el cantante sale para regalar al público una última canción. Si es que es más majo mi chico...

A estas alturas de la película, yo no sabía si tirarme por la ventana o marcharme de la habitación. Ceder está claro que no se podía. Entiendo que el origen de su rabieta no era el asiento del taxi. Muchos más factores influyeron, pero el No es No. Así que aguantamos hasta que volvió a quedarse dormido, esta vez en la cama y, casi una hora más tarde, se despertó. D. sabía que yo estaba muy enfadada con él y por eso no me llamó cuando se levantó. Me evitó todo el rato, incluso en la comida. Es este punto el que me confirmó que, si bien el idioma es muy importante para explicar las cosas y ahorrar enfrentamientos, el lenguaje no verbal (que lo mejor que tiene es que es internacional), hace maravillas a la hora de comprender los sentimientos.

Una vez en la habitación y ya preparados para la siesta, D. le preguntó a Marcos por mí y entonces sí se acercó, pasito a pasito y tanteando mi energía, para ver si estaba receptiva. Y sí, ese sí era el momento para abrir los brazos, dejar que se subiera en mis rodillas y poder darle mil y un besos. Y  los dos juntitos nos fuimos a dormir. 

Y por último, en estos cuatro días, he cogido la tiña. D. me la ha pegado. Tanto tiempo las cabezas juntas, al final me la llevo de recuerdo a Cuenca. A ver, si uno tiene las defensas normales (no digo altas), pues no hay problema. Pero cuando las tienes a ras de suelo y luchando día a día por levantarse un poco... te toca el euromillón. Empecé con una manchita en la barbilla. Parecía una rozadura y escocía de la misma manera. Pero poco a poco fue creciendo y ahora es de un rosa espectacular y tiene muchos puntitos blancos monísimos, exactamente iguales a los que tiene D. en la cabeza. ¡¡¡Y pica como mil demonios juntos!!! Si al pobre mío le pica así la cabeza... Así que esta mañana hemos ido a la farmacia y nos han dado una crema para los dos y un champú para D. Esto último me lo voy a echar yo también que, aunque en el cuero cabelludo creo que no tengo, mal no me va a hacer. Más vale prevenir que curar. 

En otro orden de cosas, esta tarde quiero ir a hacerme las trencitas de todos los veranos a la pelu que hay enfrente del hotel. Es un peinado comodísimo para el calor. Además, si al final resulta que tengo tiña también en la cabeza, aplicarme la crema será mucho más fácil.

De momento, nada más. Voy a despertar al príncipe que ya le toca merendar. 

lunes, 8 de julio de 2013

16 días



Este es el tiempo que llevamos aquí. Y ya comienza a hacerse pesado. Menos mal que hemos empezado a salir del hotel desoyendo los consejos de la ECAI. No sé si estamos haciendo bien, porque la semana pasada pedimos a nuestro representante que nos diera una copia de la sentencia para poder salir con D. a la calle y aún la estamos esperando. Pero es que aguantar aquí dando solo una vuelta a la manzana, es como para volverse loco. 

Ayer salimos con una familia de Gijón que piensa lo mismo que nosotros y estuvimos viendo el mausoleo de Menelik II, el emperador etíope que consiguió unificar el país y fundar la ciudad de Addis Abeba, gracias a un capricho de su mujer Taytu Betul. Precioso, por cierto. Y desde allí nos fuimos andando hasta la Avenida Churchill (¡menudo pateo!) donde hay un montón de puestecillos para gastarse el dinero en souvenirs. Tan solo dimos una vuelta de reconocimiento y quedamos para hoy. 

Así que esta mañana, a las diez y poco, nos hemos metido en el taxi y hemos estado dos horas y pico regateando y comprando regalitos y recuerdos. 

Esta ciudad es totalmente alucinante, llena de contrastes de todo tipo y absolutamente caótica. Me gusta mucho, pero reconozco que es excesiva para mi tranquilidad. Habrá quien adore tanto jaleo pero a mí, y eso que soy la Reina del desorden, esto me agobia. Por no hablar de la contaminación, que no se lleva nada bien con mi sinusitis. 

No sé cuánto tiempo más tendremos que permanecer aquí, pero quiero ver muchos más lugares de este país. O, al menos, de esta ciudad. Quiero tener fotos y recuerdos (como mínimo visuales) para poder contar a D. como es Addis. Hablarle de sus gentes, sus calles, sus costumbres, sus olores... Quiero proporcionarle una base sobre la que construir su identidad etíope, algo en lo que pueda comenzar a buscar sus orígenes si algún día esa curiosidad se le llegara a despertar. Con sentencia o sin ella. 

De las rabietas ya tenemos suficiente documentación... y me da que vamos a recopilar mucha más aún. Esta mañana, sin ir más lejos, hemos vivido otra. Esta vez el detonante ha sido algo tan sencillo como una botella de agua. Teníamos dos en la mesita de la habitación y cuando me he levantado he terminado una y la he tirado a la papelera. No sé qué habrá pensado D. pero ha sido un auténtico drama para él. Que, claro está, hemos encadenado con la ropa. En otras circunstancias las medidas hubieran sido distintas, pero como creo que algo le está rondando (casi hemos liquidado la tos horrible que trajo del orfanato, pero hemos empezado con mocos y estornudos), nos hemos armado de paciencia y de mimos y al final se ha calmado, ha dejado los lloros y ha vuelto a sonreír como siempre. Mira que Marcos lo ha dicho esta mañana cuando se ha despertado: "hoy tenemos el día torcido". Y, aunque hemos tenido algún que otro conato de berrinche, los hemos ido capeando de la mejor manera posible. Como resultado, la excursión ha terminado comiendo pizza y alitas de pollo picantes (MUY picantes) en un restaurante cerca del hotel. Tanto ayer como hoy, D. se ha portado como un auténtico campeón. Y lo mejor es que él mismo se lo dice todo: "Campeón D." y se queda tan feliz. 

En otro orden de cosas, tengo que decir que D. ha crecido dos centímetros desde que llegó al hotel. En abril medía 91 centímetros (quizá algo más); el día 29 de junio, 96,5 y el sábado ya alcanzaba los 98,5. Pero lo mejor de todo es que esa tripa tan exagerada (debida a la invasión de parásitos a causa de la desnutrición) que a mí me tiene tan preocupada, ya ha bajado un centímetro entero. Así que, "todo va viento en popa a toda vela".

Ahora estamos atravesando una racha de mamitis, papitis y mimitis en general (fase normal en esto del vínculo). Quiere ir en brazos todo el tiempo posible, le dan arranques de pasión hacia mamá y papá y nos sorprende con una lluvia de besos o abrazos de oso (u osito, para ser más exactos) en cualquier momento y lugar, si me acuesto con él acaba tumbado encima de mí y cuando se despierta busca el contacto con nosotros. Y si salimos de la habitación, ha de ser de la mano y sin soltarse ni un segundo. 

En cuanto al aprendizaje del castellano, mi príncipe "progresa adecuadamente":

- "Hola": a cualquiera, incluso cuando vamos por la calle y alguien se le queda mirando.
- "Adiós": aunque entiende perfectamente el significado, de momento solo lo repite.
- "A ver": siempre que le dices "D. mira".
- "Una, dos, tres": cuando quiere saltar un charco o un montón de piedras, subir o bajar de cualquier sitio o algo tan divertido como hacer volteretas en la cama.
- Contar, en general, del uno al diez ya está dominado, aunque a veces se salta el siete. 
- "No": no necesita explicación ¿verdad?
- "Comer": idem.
- "Son chulas": (esto fue lo primero que dijo en español) cuando algo le gusta mucho.
-"Este": cada vez que te quiere enseñar algo o decidir qué ropa nos ponemos hoy. 
- "Para": delante de "mamá", "papá" o "D." cuando toca repartir algo. 
- Muchos "oooohhh" y "ualaaaaa": siempre que algo le sorprende. 
- Y multitud de repeticiones. Como un loro, de verdad. Sobre todo las palabras que llevan CH. Son tan sonoras que le encantan.

En inglés, canta el abecedario y cuenta hasta el diez (se lo enseñaron en el orfanato) y contesta "yes" y "thank you". Por supuesto, sabe decir perfectamente "lunch time" aunque prefiere el "comer" del castellano. 

Pero lo mejor de todo es que siempre está dispuesto a recoger, a ayudar, a aprender, a compartir e incluso a consolarte cuando te haces daño o te encuentras mal. 

Eso sí, en lo que aún "necesita mejorar" es en la paciencia. Es su asignatura pendiente. No hay manera. Lo quiere todo para ayer y si no lo consigue se queja, se queja y se queja hasta que mamá y papá le imitan. Entonces le entra la risa y se le olvida lo que quería. Así de simple. 

Es un sol. Es nuestro sol.