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lunes, 25 de agosto de 2014

Especial...


D. es especial. Y no por ser distinto a los demás niños. Ni a los demás hijos. D. es especial porque así es él para mí. Porque convierte cada segundo de mi vida en el más preciado de todos. En mi favorito. En el que sé que voy a recordar cada día. Porque tanto los buenos momentos como los menos buenos son absolutamente maravillosos por el simple hecho de que él está en ellos. 

El amor de una madre es infinito. Lo hemos oído mil veces. Y es que es verdad. Cada día pienso que es imposible que quiera a D. más de lo que ya lo hago y, sin embargo, la mañana siguiente me trae la fantástica sorpresa de saber que soy capaz de amar más y más y más... Y esa magia la crea él con cada gesto y cada palabra. 

Hace algo más de un año pasear por la calle era un acto sin la menor importancia. Ahora, D. ha conseguido que sea un placer porque sé que extiendo mis dedos y, al segundo, siento su mano en la mía. Apretando, acoplándose a la perfección. Con un calor de justicia a medio día, nuestras palmas tardan nada y menos en empezar a sudar, pero a D. no le importa. Como mucho me dice: "Mamá, mejor nos agarramos solo con un dedo". Y yo le digo: "Si quieres nos soltamos un poquito", y él me mira espantado: "No, con un dedito, mami". ¿Cómo no voy a sentir mariposas en el estómago?

Casi siempre, cuando no hay que madrugar, se despierta antes que yo pero se queda tumbado en la cama hasta que el pobre no puede más (para él es una eternidad, pero en realidad son un par de minutos) y viene a mi cama diciendo: "Mamiiiiiiiii ¡buenos días!" Y con esas tres palabras ha conseguido exactamente eso, que yo me levante convencida que ese será un grandísimo día. 

Pero lo que de verdad es absolutamente maravilloso, lo que hace que esté total y completamente segura de que soy feliz, es cuando, con la bendita inocencia del niño que es, me pregunta: "Mamita, ¿hoy estás contenta?" Y yo le digo: "Sí, cariño. Muy contenta" Y me doy cuenta de que realmente es así. En el caso de que me quede alguna duda, él se encarga de ayudarme a encontrar la respuesta: "Y ¿por qué?" Tardo menos de un segundo en contestar: "Porque tú estás aquí, conmigo". 

Insisto: D. es "mi" especial.






lunes, 11 de agosto de 2014

Segundo cumpleaños en familia.

El día 7 fue mi cumpleaños. El segundo que pasamos los tres juntos. Y el segundo que no me importa cumplir uno más. 

El día 6 me acosté feliz sabiendo que a la mañana siguiente tendría la sonrisa de mi príncipe como mejor regalo del mundo, pero lo que no podía imaginar es que podría existir uno más grande aún. Y es que, cuando amanecí, D. estaba esperando a que me levantara para venir corriendo, echarse en mis brazos y gritarme:

¡Felicidades, mami! ¡Te quiero mucho, mucho, mucho!

Y es que, aunque D. es un niño muy cariñoso, muchísimo, no suele decir esas cosas. Por eso, el regalo fue doblemente maravilloso...

Estoy deseando que llegue el próximo año.



jueves, 24 de julio de 2014

UN AÑO YA...

El día 18 hizo un año ya desde que volvimos de Addis convertidos en FAMILIA. 
Un año de emociones, de miedos, de alegrías, de lágrimas de todos los colores...
Un año de adaptaciones, de inseguridades, de terrores nocturnos y pesadillas...
Un año de transformaciones, de vínculos, de millones de abrazos y besos...

Un año tan especial, tan maravilloso, tan completo que por muchas veces que empiece esta entrada, nunca me quedo conforme con lo que escribo. No consigo plasmar todo lo que tengo grabado en el corazón, el alma y la retina...

Como siempre en estos casos, echo mano de la música. Hoy, de Rosana, que ha creado una de las que ya se ha convertido en mi canción favorita, porque cada vez que la escucho veo la cara de mi príncipe.

Para ti, my sweetie...



Yo no te dejo marchar 
porque me noto que tiemblo 
que se me agotan las miradas 
que se me oxidan los sueños 
yo no te dejo marchar 
porque me muero de frio 
porque qué hago yo sin ti 
en medio de tanto lio 
porque te me rompes dentro 
porque hay cosas sin repuesto. 
Yo no te dejo marchar 
salvo que tú quieras irte, 
cuélgame el ‘no molestar’ 
si te vas sin despedirte. 
Yo no te dejo marchar 
porque me muerde la pena 
porque acabo sin vacuna 
en una sala de espera 
yo no te dejo marchar 
porque ni quiero ni puedo perderte, 
porque qué hago yo sin ti 
en medio de tanta gente 
porque te me rompes dentro 
porque hay cosas sin repuesto. 
Yo no te dejo marchar 
salvo que tú quieras irte, 
cuélgame ‘el no molestar’ 
si te vas sin despedirte (x2)



domingo, 23 de marzo de 2014

Cómo pasa el tiempo...

El 7 de marzo hizo un año de la tan esperada llamada y me acuerdo como si fuera ayer. Recuerdo dónde estaba, qué hacía minutos antes, qué llevaba puesto, cómo estaba la casa... Recuerdo cada palabra de la conversación, el temblor que me recorrió, el saber que tenía que coger el teléfono aunque no conociese el número... Todo. Me acuerdo de todo. Y, sin embargo, no soy capaz de recordar lo que comí ayer. La mente hace cosas maravillosas.

Igual es porque mi proceso adoptivo no lo recuerdo solo con la cabeza. También lo hago con cada poro de mi piel, con cada una de las veces que he respirado desde entonces. Recuerdo con el alma y con el corazón. Es un recuerdo que está tatuado en mí y que permanecerá intacto el resto de mis días. 

Es increíble cómo ha cambiado todo desde entonces. Y no me refiero solo al ritmo de vida. Eso entra dentro de la lógica: en mi casa el silencio ha desertado, la mañana llega antes y la noche no es bien recibida. En mi casa, nada está en orden y los juguetes conviven con la ropa interior, la comida o la vajilla. En mi casa, la rutina ha cambiado y hasta la perra pide a voces un descanso...

Pero no es esto lo que me maravilla. Lo que me sorprende es cómo he cambiado yo desde entonces. Sigo siendo la misma que era, por supuesto, pero soy distinta. Como maestra de Infantil, desarrollé una serie de capacidades dignas de un súper héroe, sin embargo, nada comparado a mis nuevos poderes como madre. En un año soy capaz de sentir un 200% más de alegría, de felicidad y de dolor. Mi paciencia ha aumentado hasta límites insospechados. De hecho, ahora sé que soy paciente. Lo de hace un año... bah! Eso era un chiste. Hoy descubro que tengo una capacidad de adaptación superior a la de cualquier otra especie: ahora entro, ahora salgo, ahora canto, ahora río, ahora regaño, ahora beso, ahora juego, ahora duermo, ahora como... Y da igual si lo quiero hacer o no. O me adapto o estoy perdida. Además soy capaz de pasar de 0 a 300 sin ni siquiera tener que proponérmelo. ¿Vida sedentaria? El caso es que me suena... pero no logro recordar cuándo hice eso por última vez. 

Antes me levantaba veinte minutos antes de lo necesario para desayunar con tranquilidad y no empezar estresada la jornada laboral y con diez minutos más tenía suficiente para prepararme. Y ahora descubro que soy capaz de encender la chimenea, darle el desayuno a la perra y a la coneja, calentar la leche, preparar el cola-cao, los cereales, los zumos, el almuerzo y medicinas varias, asearme, vestirme y ocuparme del peque en un tiempo récord. Lo que aún no he conseguido es llegar tan relajada a clase como hace un año...

Gracias a las rutinas he conseguido interiorizar todos y cada uno de los movimientos que realizo cada mañana y cada tarde y ya los hago sin pensar, como un autómata, de manera que cada vez voy rascando un minutillo más al reloj para sentarme a descansar al final del día. Lo que no hago, sin embargo, es disfrutar de esos minutos porque siempre me duermo antes!!!

No sé... Ahora echo la visto atrás y parece que no fue hace un año. Parece que mi vida siempre ha sido así. Que el día en que emprendimos el viaje de la adopción fue hace siglos. 

D. es una parte de mí tan grande que lo es todo. Miro a través de sus ojos y vuelvo a maravillarme. Llora él y es mi corazón el que se rompe. Cada palabra que reconoce cuando lee es un descubrimiento tan sorprendente que soy yo misma la que se emociona. Cuando se pone malo y le da algún ataque de tos, es mi cuerpo el que se estremece con cada sacudida. Si ríe, el sonido de su risa basta para llenar todos los rincones de mi alma. Un abrazo suyo me hace sentir la mujer más poderosa del universo. Su mirada es tan profunda cuando se siente feliz, que podría jurar que el mundo entero cabe en ella.

Asusta pensar que una personita tan pequeña ejerce esta influencia en mí. Nunca antes me había cuestionado tanto a mí misma. Acostarme cada noche y hacer balance del día es lo único que consigue que el sueño se retrase. Y cuando abro los ojos cada mañana, tengo que reprimir las ganas de salir corriendo a estrujar a mi príncipe, porque un solo segundo sin tenerlo a mi lado ya es una eternidad...

A veces pienso que esto quiere decir que me he convertido en una de esas madres insufribles, sobreprotectoras, que no dejará a su hijo respirar tranquilo. Pero otras veces llego a la conclusión de que, desde el mismo instante en el que lo toqué por primera vez, algo se apoderó de mí y jamás, jamás, jamás podrá ser de otra manera.

¿Es esto ser madre? Si es así, es un auténtico y doloroso sufrimiento.

¡Pero qué sufrimiento tan dulce! ¡Bendito el sufrimiento! ¡Bienvenida la hora en que llegaste a mi vida! 




martes, 31 de diciembre de 2013

Cuando Santa te regala un superhéroe


Tu vida cambia. Y lo digo en serio. 

D. no es un niño tranquilo. Siempre tiene los niveles de energía al 200%. Las ideas continuamente están tomando forma en su cabeza. Además, ayuda, hace fichas en casa todas las tardes, pasa un montón de tiempo jugando: solo, con su padre, conmigo, con la perra, con la bici... baila con cualquier ruido que dure más de tres segundos y canta y se inventa la letra de las canciones a su antojo. 

Pero cuando Spiderman hizo su aparición, el ritmo de D. se incrementó hasta límites insospechados. 

La noche del 24 de diciembre, el peque se acostó recordándome que apagase la chimenea y la dejase abierta para que Santa pudiera entrar en casa sin problemas. Se aseguró de dejar bien preparado un vaso de zumo y unas galletas para Papá Noel y un barreño con agua para los renos, que seguro tendrían sed. Le dijo a la perra que no tocara nada y se fue a dormir. A la mañana siguiente, amaneció rondando las ocho y media y su primera pregunta fue si había venido Santa. Como en estos casos hacer esperar a un niño es casi cruel, allá que nos levantamos su padre y yo y bajamos los tres las escaleras. Bueno, Marcos bajó las escaleras y yo arrastré un cuerpo rígido, rígido, rígido que llevaba los ojos tres metros por delante de la cara. El pobre tenía un conflicto inmenso: no sabía si quería ver los regalos o prefería correr a esconderse debajo de las sábanas...

Sobra decir que Papá Noel colocó los regalitos estratégicamente para que el último en abrir fuera el disfraz. Y así fue. Todo lo encantó pero cuando desenvolvió el paquete y apareció el trozo de tela azul y rojo, D. empezó a saltar de alegría y a gritarle las gracias a Santa recordándole lo maravilloso que era. 

Tardó nada y menos en quitarse el pijama y transformarse... Y vaya si lo hizo:





Desde entonces desayunamos, comemos y cenamos con un superhéroe. Y una se siente mucho más tranquila... o no. Porque tan pronto se disfraza, le poseen unas ganas enormes de moverse, de soltar energía, de correr por toda la casa, de experimentar nuevos saltos y patadas giratorias (o algo parecido), "yo te ayudo" y "yo lo hago" son las frases más repetidas.

Claro que, como todo superhéroe que se precie, nuestro Spiderman tiene enemigos en casa y subir solo a su cuarto implica una conversación del tipo:

D.: No subo solo que tengo miedo.
Yo: ¡Si eres Spiderman! Spiderman nunca tiene miedo. 
D.: ¿No?
Yo: ¡No! ¡Spiderman es fuerte y valiente!
D.: An, vale.

Y ahí queda la cosa. 

El problema de tener un ídolo es que, en algún momento, el mito se nos cae del pedestal. Y esto ocurrió cuando vimos la peli de Spiderman. Mi pobre héroe creía que el superhombre era cualquier cosa menos eso: un hombre. Y tras los primeros minutos de peli su cara de decepción era digna de ver. "¡Si no es Spiderman, mamá! Es solo un hombre", y ahí una tiene que contar que todos los héroes son humanos que tienen una vida normal y que solo se transforman cuando hay que ayudar a la gente. 

Por fortuna el golpe duró poco y D. vuelve a vestirse de rojo y azul en cuanto abre los ojos por la mañana. 

Y por suerte para nosotros, ser superhéroe implica acabar el día sin una sola gota de energía en el cuerpo:




Felices sueños, príncipe. 

viernes, 6 de diciembre de 2013

La felicidad


¿Cuántas son las cosas que uno necesita para ser feliz? Supongo que depende de la situación de cada cual. 

Pasas por la vida planeando, imaginando, deseando... Piensas que siempre habrá un momento adecuado para hacer todo lo que tienes en mente. Crees que está todo perfectamente organizado y temporalizado y, sin embargo, la vida nunca te permite ceñirte a lo ideado.

La improvisación es lo que vale. Es lo que añade esa chispa a la vida. A veces desespera, a veces asombra. 

¿Cuándo es el mejor momento para cada cosa? ¿Cuándo da la mayoría de la gente un paso determinado? Vivimos rodeados de estadísticas pero raras veces en mi vida los acontecimientos han surgido conforme a lo comúnmente establecido.

¿Y qué pasa con los niños? Los niños sí que son impredecibles. 

En el tiempo que ha durado mi espera adoptiva he devorado noticias relativas a los tiempos en los que suelen suceder las cosas. Pues bien, con mi hijo todo ha sido fuera de plazo: antes o después, pero nunca "durante". 

Los niños tienen la asombrosa capacidad de "ser" cuando quieren ser. Y punto. Descoloca llevar en la cabeza un esquema de fechas aproximadas y creerte preparada para cada una de ellas para luego... bueno, para que simplemente se rompan todos y cada uno de ellos.

Una tarde, como tantas otras, estás en la ducha con el peque. Todo va conforme lo acostumbrado: son las siete y media de la tarde, comienza la rutina de la relajación antes de ir a dormir. En este punto, para mí se han acabado los juegos movidos y entramos en modo "off". Evidentemente es algo que NUNCA consigo a la primera. D. adora la ducha y todas las diversas monerías que se pueden hacer en ella. Además, la mampara es un lugar tan fantástico como cualquier otro para dibujar. Así aprendió a realizar los números del 1 al 4 y las letras de su nombre con el dedo en el cristal (mucho más fácil que con el lápiz) en muy poco tiempo, por lo tanto, tampoco puedo negarme a esta diversión. Cantar bajo el chorro del agua y que nunca consiga decir una sola palabra bien pronunciada es la mar de divertido y por mucho que una diga "D. hurry up!" D. sigue cantando. 

En estas estaba yo el pasado 18 de noviembre, pendiente del tiempo que me quedaba para echarle aceite, desenredarle el pelo, darle la cena y meterlo en la cama (previa lectura del cuento "Siempre pienso en ti", muy recomendable, por cierto). Una hora escasa teniendo en cuenta que quedaban pocos minutos para las ocho y, cuando estoy poniéndole el albornoz y diciéndole "Let's go, it's dinner time", me pone una mano a cada lado de la cara y me dice muy serio, en un correctísimo castellano: "Mamá, te quiero mucho". 

Llevábamos exactamente cuatro meses y 23 días juntos. ¿Mucho? ¿Poco? Está claro que él no necesitaba más tiempo para decirlo. Pero a mí me pillo tan de sorpresa, que durante un par de segundos no pude hacer otra cosa que no fuera mirarle. Y ahí siguió él, aguantando la mirada, muy callado, muy serio... Y luego rompió a reír y yo con él claro, mientras me lo comía a besos y a abrazos y le decía: "Yo también te quiero mucho, muchísimo, muchísimo".

Desde entonces, está más cariñoso, muuuucho más cariñoso. Nos da besos de forma espontánea y te echa los brazos al cuello a cada minuto. Te mira y sonríe y sólo él sabe lo que está pasando por su cabeza. 

Para mí, todo empieza a estar bien. La tranquilidad y la normalidad están entrando en casa y la felicidad, poco a poco, comienza a dejar de marear y a establecerse como uno más entre nosotros. Cada día. Sin tiempos determinados ni momentos establecidos. Sin ceñirse a estadísticas. Sucede cada mañana con cada nueva sorpresa que D. nos regala sin saberlo. Mi príncipe simplemente ES y nosotros somos con él. 


domingo, 10 de noviembre de 2013

Orígenes y pertenencia.

No sé qué genera el sentimiento de pertenencia. No sé qué cambios se producen en nosotros que nos atan a una tierra. No sé si las razones que tenemos para amar un lugar son siempre subjetivas... No sé. Son muchas las cosas que no sé. 

No entiendo de biología, antropología, geografía ni psicología... No estoy en posesión de datos científicos ni tampoco quiero conocerlos. 

Sé que el tiempo y las circunstancias me hacen amar un lugar en el que no he nacido. Sé que pronunciar el nombre de un país concreto me produce sensación de paz. 

Sé que miro a mi hijo y no lo veo blanco, negro, amarillo o rojo. Lo que veo es la perfección de una vida. Veo la cara de un país que no es mi cuna y siento la mirada de la felicidad de un niño. Noto el calor de una piel nueva y soy consciente de estar viva. No lo veo diferente, pero lo sé etíope y algo salta en mi interior y vuelve a mí la tranquilidad. 

Oigo su voz y me doy cuenta de que me he acostumbrado a su acento, a su tono, a su timbre... Y no puedo más que sorprenderme de nuevo. Cuatro meses... solo cuatro. Y parecen toda una vida.

A veces me dejo arrastrar por el recuerdo de otros olores, colores, sabores... y siento añoranza de ella. Y quisiera volver y descubrirla despacio. Y conocerla y explorarla. Y amarla de la mano de D. 

Etiopía...

Dulce Etiopía...

Y así hoy, por fin, descubro que pertenezco a muchos mundos. Que no soy simplemente española. Intento encontrar un lugar que sienta como mío y no soy capaz de concretar. Sin embargo, esto no me altera. Al contrario, me agrada. Y mucho.

Sí. Nací en Madrid pero vivo en Cuenca, Granada es mi ciudad preferida, en Marrakech me siento en casa, sueño con la Plaza Roja de Moscú, la comida hindú me apasiona y Eitopía me ha robado el corazón... 

Pertenezco entonces a mil sitios y solo a uno estoy ligada por nacimiento. ¿Dónde está la lógica? ¿Dónde la objetividad? ¿Por qué es necesario cuestionarlo todo y ser siempre racional?

Cuando D. me pregunte si es diferente porque es de otro sitio, con todo lo que acabo de descubrir ¿seré capaz de hacerle entender que no se es ni de un lugar ni de otro? ¿conseguiré que comparta mi amor por el mundo sin un motivo objetivo y tangible? Lleva Etiopía tatuada en la sangre. Para él, allí comenzó su historia. Para nosotros, allí formamos nuestra familia. Descubrirá que sus orígenes son africanos y que en poco tiempo se convirtió en español. Deberá aprender que no ha de amar más a España que a Etiopía, ni al contrario. 

Quiero que mi hijo sea un ciudadano del mundo. Quiero que ame la vida sin importar dónde esté su casa. Quiero que construya un hogar sin pensar en qué tierra se asienta. Quiero que permita que los sentimientos marquen su camino y lo racional no ocupe todo su tiempo. Quiero que cante, ría, baile y sueñe. Quiero que viaje y encuentre en cada ciudad una pieza del puzzle de su vida. 

Hoy mi lugar está donde esté él y sus pasos harán mi senda. Hoy reconozco mi origen y descubro mi pertenencia. Hoy, mi deseo para D. es que en su vida no existan fronteras.