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domingo, 23 de marzo de 2014

Cómo pasa el tiempo...

El 7 de marzo hizo un año de la tan esperada llamada y me acuerdo como si fuera ayer. Recuerdo dónde estaba, qué hacía minutos antes, qué llevaba puesto, cómo estaba la casa... Recuerdo cada palabra de la conversación, el temblor que me recorrió, el saber que tenía que coger el teléfono aunque no conociese el número... Todo. Me acuerdo de todo. Y, sin embargo, no soy capaz de recordar lo que comí ayer. La mente hace cosas maravillosas.

Igual es porque mi proceso adoptivo no lo recuerdo solo con la cabeza. También lo hago con cada poro de mi piel, con cada una de las veces que he respirado desde entonces. Recuerdo con el alma y con el corazón. Es un recuerdo que está tatuado en mí y que permanecerá intacto el resto de mis días. 

Es increíble cómo ha cambiado todo desde entonces. Y no me refiero solo al ritmo de vida. Eso entra dentro de la lógica: en mi casa el silencio ha desertado, la mañana llega antes y la noche no es bien recibida. En mi casa, nada está en orden y los juguetes conviven con la ropa interior, la comida o la vajilla. En mi casa, la rutina ha cambiado y hasta la perra pide a voces un descanso...

Pero no es esto lo que me maravilla. Lo que me sorprende es cómo he cambiado yo desde entonces. Sigo siendo la misma que era, por supuesto, pero soy distinta. Como maestra de Infantil, desarrollé una serie de capacidades dignas de un súper héroe, sin embargo, nada comparado a mis nuevos poderes como madre. En un año soy capaz de sentir un 200% más de alegría, de felicidad y de dolor. Mi paciencia ha aumentado hasta límites insospechados. De hecho, ahora sé que soy paciente. Lo de hace un año... bah! Eso era un chiste. Hoy descubro que tengo una capacidad de adaptación superior a la de cualquier otra especie: ahora entro, ahora salgo, ahora canto, ahora río, ahora regaño, ahora beso, ahora juego, ahora duermo, ahora como... Y da igual si lo quiero hacer o no. O me adapto o estoy perdida. Además soy capaz de pasar de 0 a 300 sin ni siquiera tener que proponérmelo. ¿Vida sedentaria? El caso es que me suena... pero no logro recordar cuándo hice eso por última vez. 

Antes me levantaba veinte minutos antes de lo necesario para desayunar con tranquilidad y no empezar estresada la jornada laboral y con diez minutos más tenía suficiente para prepararme. Y ahora descubro que soy capaz de encender la chimenea, darle el desayuno a la perra y a la coneja, calentar la leche, preparar el cola-cao, los cereales, los zumos, el almuerzo y medicinas varias, asearme, vestirme y ocuparme del peque en un tiempo récord. Lo que aún no he conseguido es llegar tan relajada a clase como hace un año...

Gracias a las rutinas he conseguido interiorizar todos y cada uno de los movimientos que realizo cada mañana y cada tarde y ya los hago sin pensar, como un autómata, de manera que cada vez voy rascando un minutillo más al reloj para sentarme a descansar al final del día. Lo que no hago, sin embargo, es disfrutar de esos minutos porque siempre me duermo antes!!!

No sé... Ahora echo la visto atrás y parece que no fue hace un año. Parece que mi vida siempre ha sido así. Que el día en que emprendimos el viaje de la adopción fue hace siglos. 

D. es una parte de mí tan grande que lo es todo. Miro a través de sus ojos y vuelvo a maravillarme. Llora él y es mi corazón el que se rompe. Cada palabra que reconoce cuando lee es un descubrimiento tan sorprendente que soy yo misma la que se emociona. Cuando se pone malo y le da algún ataque de tos, es mi cuerpo el que se estremece con cada sacudida. Si ríe, el sonido de su risa basta para llenar todos los rincones de mi alma. Un abrazo suyo me hace sentir la mujer más poderosa del universo. Su mirada es tan profunda cuando se siente feliz, que podría jurar que el mundo entero cabe en ella.

Asusta pensar que una personita tan pequeña ejerce esta influencia en mí. Nunca antes me había cuestionado tanto a mí misma. Acostarme cada noche y hacer balance del día es lo único que consigue que el sueño se retrase. Y cuando abro los ojos cada mañana, tengo que reprimir las ganas de salir corriendo a estrujar a mi príncipe, porque un solo segundo sin tenerlo a mi lado ya es una eternidad...

A veces pienso que esto quiere decir que me he convertido en una de esas madres insufribles, sobreprotectoras, que no dejará a su hijo respirar tranquilo. Pero otras veces llego a la conclusión de que, desde el mismo instante en el que lo toqué por primera vez, algo se apoderó de mí y jamás, jamás, jamás podrá ser de otra manera.

¿Es esto ser madre? Si es así, es un auténtico y doloroso sufrimiento.

¡Pero qué sufrimiento tan dulce! ¡Bendito el sufrimiento! ¡Bienvenida la hora en que llegaste a mi vida! 




martes, 31 de diciembre de 2013

Cuando Santa te regala un superhéroe


Tu vida cambia. Y lo digo en serio. 

D. no es un niño tranquilo. Siempre tiene los niveles de energía al 200%. Las ideas continuamente están tomando forma en su cabeza. Además, ayuda, hace fichas en casa todas las tardes, pasa un montón de tiempo jugando: solo, con su padre, conmigo, con la perra, con la bici... baila con cualquier ruido que dure más de tres segundos y canta y se inventa la letra de las canciones a su antojo. 

Pero cuando Spiderman hizo su aparición, el ritmo de D. se incrementó hasta límites insospechados. 

La noche del 24 de diciembre, el peque se acostó recordándome que apagase la chimenea y la dejase abierta para que Santa pudiera entrar en casa sin problemas. Se aseguró de dejar bien preparado un vaso de zumo y unas galletas para Papá Noel y un barreño con agua para los renos, que seguro tendrían sed. Le dijo a la perra que no tocara nada y se fue a dormir. A la mañana siguiente, amaneció rondando las ocho y media y su primera pregunta fue si había venido Santa. Como en estos casos hacer esperar a un niño es casi cruel, allá que nos levantamos su padre y yo y bajamos los tres las escaleras. Bueno, Marcos bajó las escaleras y yo arrastré un cuerpo rígido, rígido, rígido que llevaba los ojos tres metros por delante de la cara. El pobre tenía un conflicto inmenso: no sabía si quería ver los regalos o prefería correr a esconderse debajo de las sábanas...

Sobra decir que Papá Noel colocó los regalitos estratégicamente para que el último en abrir fuera el disfraz. Y así fue. Todo lo encantó pero cuando desenvolvió el paquete y apareció el trozo de tela azul y rojo, D. empezó a saltar de alegría y a gritarle las gracias a Santa recordándole lo maravilloso que era. 

Tardó nada y menos en quitarse el pijama y transformarse... Y vaya si lo hizo:





Desde entonces desayunamos, comemos y cenamos con un superhéroe. Y una se siente mucho más tranquila... o no. Porque tan pronto se disfraza, le poseen unas ganas enormes de moverse, de soltar energía, de correr por toda la casa, de experimentar nuevos saltos y patadas giratorias (o algo parecido), "yo te ayudo" y "yo lo hago" son las frases más repetidas.

Claro que, como todo superhéroe que se precie, nuestro Spiderman tiene enemigos en casa y subir solo a su cuarto implica una conversación del tipo:

D.: No subo solo que tengo miedo.
Yo: ¡Si eres Spiderman! Spiderman nunca tiene miedo. 
D.: ¿No?
Yo: ¡No! ¡Spiderman es fuerte y valiente!
D.: An, vale.

Y ahí queda la cosa. 

El problema de tener un ídolo es que, en algún momento, el mito se nos cae del pedestal. Y esto ocurrió cuando vimos la peli de Spiderman. Mi pobre héroe creía que el superhombre era cualquier cosa menos eso: un hombre. Y tras los primeros minutos de peli su cara de decepción era digna de ver. "¡Si no es Spiderman, mamá! Es solo un hombre", y ahí una tiene que contar que todos los héroes son humanos que tienen una vida normal y que solo se transforman cuando hay que ayudar a la gente. 

Por fortuna el golpe duró poco y D. vuelve a vestirse de rojo y azul en cuanto abre los ojos por la mañana. 

Y por suerte para nosotros, ser superhéroe implica acabar el día sin una sola gota de energía en el cuerpo:




Felices sueños, príncipe. 

viernes, 6 de diciembre de 2013

La felicidad


¿Cuántas son las cosas que uno necesita para ser feliz? Supongo que depende de la situación de cada cual. 

Pasas por la vida planeando, imaginando, deseando... Piensas que siempre habrá un momento adecuado para hacer todo lo que tienes en mente. Crees que está todo perfectamente organizado y temporalizado y, sin embargo, la vida nunca te permite ceñirte a lo ideado.

La improvisación es lo que vale. Es lo que añade esa chispa a la vida. A veces desespera, a veces asombra. 

¿Cuándo es el mejor momento para cada cosa? ¿Cuándo da la mayoría de la gente un paso determinado? Vivimos rodeados de estadísticas pero raras veces en mi vida los acontecimientos han surgido conforme a lo comúnmente establecido.

¿Y qué pasa con los niños? Los niños sí que son impredecibles. 

En el tiempo que ha durado mi espera adoptiva he devorado noticias relativas a los tiempos en los que suelen suceder las cosas. Pues bien, con mi hijo todo ha sido fuera de plazo: antes o después, pero nunca "durante". 

Los niños tienen la asombrosa capacidad de "ser" cuando quieren ser. Y punto. Descoloca llevar en la cabeza un esquema de fechas aproximadas y creerte preparada para cada una de ellas para luego... bueno, para que simplemente se rompan todos y cada uno de ellos.

Una tarde, como tantas otras, estás en la ducha con el peque. Todo va conforme lo acostumbrado: son las siete y media de la tarde, comienza la rutina de la relajación antes de ir a dormir. En este punto, para mí se han acabado los juegos movidos y entramos en modo "off". Evidentemente es algo que NUNCA consigo a la primera. D. adora la ducha y todas las diversas monerías que se pueden hacer en ella. Además, la mampara es un lugar tan fantástico como cualquier otro para dibujar. Así aprendió a realizar los números del 1 al 4 y las letras de su nombre con el dedo en el cristal (mucho más fácil que con el lápiz) en muy poco tiempo, por lo tanto, tampoco puedo negarme a esta diversión. Cantar bajo el chorro del agua y que nunca consiga decir una sola palabra bien pronunciada es la mar de divertido y por mucho que una diga "D. hurry up!" D. sigue cantando. 

En estas estaba yo el pasado 18 de noviembre, pendiente del tiempo que me quedaba para echarle aceite, desenredarle el pelo, darle la cena y meterlo en la cama (previa lectura del cuento "Siempre pienso en ti", muy recomendable, por cierto). Una hora escasa teniendo en cuenta que quedaban pocos minutos para las ocho y, cuando estoy poniéndole el albornoz y diciéndole "Let's go, it's dinner time", me pone una mano a cada lado de la cara y me dice muy serio, en un correctísimo castellano: "Mamá, te quiero mucho". 

Llevábamos exactamente cuatro meses y 23 días juntos. ¿Mucho? ¿Poco? Está claro que él no necesitaba más tiempo para decirlo. Pero a mí me pillo tan de sorpresa, que durante un par de segundos no pude hacer otra cosa que no fuera mirarle. Y ahí siguió él, aguantando la mirada, muy callado, muy serio... Y luego rompió a reír y yo con él claro, mientras me lo comía a besos y a abrazos y le decía: "Yo también te quiero mucho, muchísimo, muchísimo".

Desde entonces, está más cariñoso, muuuucho más cariñoso. Nos da besos de forma espontánea y te echa los brazos al cuello a cada minuto. Te mira y sonríe y sólo él sabe lo que está pasando por su cabeza. 

Para mí, todo empieza a estar bien. La tranquilidad y la normalidad están entrando en casa y la felicidad, poco a poco, comienza a dejar de marear y a establecerse como uno más entre nosotros. Cada día. Sin tiempos determinados ni momentos establecidos. Sin ceñirse a estadísticas. Sucede cada mañana con cada nueva sorpresa que D. nos regala sin saberlo. Mi príncipe simplemente ES y nosotros somos con él. 


domingo, 10 de noviembre de 2013

Orígenes y pertenencia.

No sé qué genera el sentimiento de pertenencia. No sé qué cambios se producen en nosotros que nos atan a una tierra. No sé si las razones que tenemos para amar un lugar son siempre subjetivas... No sé. Son muchas las cosas que no sé. 

No entiendo de biología, antropología, geografía ni psicología... No estoy en posesión de datos científicos ni tampoco quiero conocerlos. 

Sé que el tiempo y las circunstancias me hacen amar un lugar en el que no he nacido. Sé que pronunciar el nombre de un país concreto me produce sensación de paz. 

Sé que miro a mi hijo y no lo veo blanco, negro, amarillo o rojo. Lo que veo es la perfección de una vida. Veo la cara de un país que no es mi cuna y siento la mirada de la felicidad de un niño. Noto el calor de una piel nueva y soy consciente de estar viva. No lo veo diferente, pero lo sé etíope y algo salta en mi interior y vuelve a mí la tranquilidad. 

Oigo su voz y me doy cuenta de que me he acostumbrado a su acento, a su tono, a su timbre... Y no puedo más que sorprenderme de nuevo. Cuatro meses... solo cuatro. Y parecen toda una vida.

A veces me dejo arrastrar por el recuerdo de otros olores, colores, sabores... y siento añoranza de ella. Y quisiera volver y descubrirla despacio. Y conocerla y explorarla. Y amarla de la mano de D. 

Etiopía...

Dulce Etiopía...

Y así hoy, por fin, descubro que pertenezco a muchos mundos. Que no soy simplemente española. Intento encontrar un lugar que sienta como mío y no soy capaz de concretar. Sin embargo, esto no me altera. Al contrario, me agrada. Y mucho.

Sí. Nací en Madrid pero vivo en Cuenca, Granada es mi ciudad preferida, en Marrakech me siento en casa, sueño con la Plaza Roja de Moscú, la comida hindú me apasiona y Eitopía me ha robado el corazón... 

Pertenezco entonces a mil sitios y solo a uno estoy ligada por nacimiento. ¿Dónde está la lógica? ¿Dónde la objetividad? ¿Por qué es necesario cuestionarlo todo y ser siempre racional?

Cuando D. me pregunte si es diferente porque es de otro sitio, con todo lo que acabo de descubrir ¿seré capaz de hacerle entender que no se es ni de un lugar ni de otro? ¿conseguiré que comparta mi amor por el mundo sin un motivo objetivo y tangible? Lleva Etiopía tatuada en la sangre. Para él, allí comenzó su historia. Para nosotros, allí formamos nuestra familia. Descubrirá que sus orígenes son africanos y que en poco tiempo se convirtió en español. Deberá aprender que no ha de amar más a España que a Etiopía, ni al contrario. 

Quiero que mi hijo sea un ciudadano del mundo. Quiero que ame la vida sin importar dónde esté su casa. Quiero que construya un hogar sin pensar en qué tierra se asienta. Quiero que permita que los sentimientos marquen su camino y lo racional no ocupe todo su tiempo. Quiero que cante, ría, baile y sueñe. Quiero que viaje y encuentre en cada ciudad una pieza del puzzle de su vida. 

Hoy mi lugar está donde esté él y sus pasos harán mi senda. Hoy reconozco mi origen y descubro mi pertenencia. Hoy, mi deseo para D. es que en su vida no existan fronteras. 




domingo, 27 de octubre de 2013

Cuatro meses después.




Ayer hizo cuatro meses que abrazamos a nuestro hijo por primera vez. Y, sin embargo, parece que llevamos juntos toda la vida. 

Echo la vista atrás... Parece increíble, pero me cuesta recordar los malos momentos vividos. Soy consciente de todos los pasos que hemos tenido que dar hasta llegar a D., de las emociones que sentí cada vez que lográbamos subir un peldaño de más, de mirar los que quedaban por delante y no ver nunca el final de la escalera. De las lágrimas derramadas cuando me fui quedando sin batería, cuando me veía cada vez más lejos de él, a pesar del "todo llega" y los ánimos de los que me rodeaban. Sé que caí en un oscuro pozo y que hubo momentos en los que no me importaba estar allí...

Pero ya no me ahogo al rememorar. Al contrario: si bien guardo esos días en la memoria, mi corazón no reproduce los sentimientos. Mi alma los ha borrado y los ha sustituido por todos los que llegaron después, comenzando con la llamada de Bienestar Social. Justo cuando había tirado la toalla por completo. 

Recuerdo haber llamado a la Ecai tan solo un mes antes de la asignación, y haberle dicho a Pilar que no podía más, que me bajaba del barco. "Aguanta un poco, Laura. Con todo lo que lleváis esperando, ¿cómo lo vas a dejar ahora?" Ella ya lo sabía. 

Me convenció y acordamos fijar como fecha tope el mes de junio.

Junio... quién me iba a decir dónde estaría en junio...

Y así, el 7 de marzo supimos de su existencia. Estos son los recuerdos que ahora anidan en mi memoria. Los que hacen que fluyan las lágrimas de alegría al revivir todos y cada uno de los sentimientos que, desde aquel día, comenzaron a formar parte de mi vida. 

Suena a tópico pero, de verdad, no me lo podía creer. No hacía más que llorar y llorar y llorar y hablar con todo el mundo y mandar y recibir mensajes. Y acabé el día sin saber a ciencia cierta si era un nuevo episodio de mi vida o si al día siguiente, con la alarma del despertador, amanecería otra vez sin noticias de nada. 

Hoy tengo la sensación de haber vivido un siglo desde entonces. 

Como he dicho antes, he olvidado los negros sentimientos porque tengo cientos maravillosos que atesorar. 

Soy una persona de rutinas. Ni me gustaban ni me disgustaban. Simplemente las necesitaba porque me transmiten estabilidad. En ellas soy capaz de encontrar calma. Pero jamás pensé que llegaría a adorarlas. El hecho de que cada mañana, según pongo los pies en el suelo, sepa que voy a recibir un "good morning, mami", es motivo suficiente para que me confiese una enamorada de ellas: la rutina del buenos días, la rutina del desayuno juntos, la rutina del viaje al cole, la rutina del viaje a casa, la rutina de comer juntos, la rutina de jugar... La rutina, en fin, de la vida con D.

Me encanta redescubrir el mundo a través de sus ojos. No recordaba que algo tan simple como unas sábanas de invierno pudieran resultar tan fantásticas. Ni que unos grumos de cola-cao en la leche pudieran deprimir tanto. O que convertir el agua de la cisterna en agua azul con las famosas pastillitas fuera algo imprescindible de contar en el cole. Recoger fresas cada mañana del jardín puede llegar a hacerse tan necesario que, si te vas a clase sin haberlo hecho, se convierte en tu primer objetivo al volver a casa (no sé qué vamos a hacer cuando llegue el invierno. Habrá que recolectar otra cosa). ¿Y qué me decís del placer de pellizcar el pan un rato antes de comer, cuando crees que nadie te ha visto? ¡Euforia total! Eso, por no hablar del subidón que se experimenta al estrenar unas zapatillas con las que estás hipermegaconvencido de que vas a correr más que nadie...



¿Quién no se ha comido las palomitas como si se le fuera la vida en ello?


Supongo que todas las madres dirán que sus hijos son maravillosos. Eso no quiere decir que no seamos capaces de ver los lados (no diré negativos, es una palabra muy fea) menos positivos de nuestros príncipes y princesas. Es, simplemente, que nuestra vida es fantástica por el simple hecho de que ellos llegaron. Y esto fue lo que dije en el seguimiento cuando me preguntaron: "¿Cómo es D.?" "Maravilloso". 

Una vez que esto ha quedado claro, una puede describir a su hijo: su carácter, sus manías, sus prontos, sus gustos, sus locuras... Pero "maravilloso" es lo primero. Y no quiero decir que no hayamos tenido momentos duros, que D. tiene carácter para regalar a diestro y siniestro. Es de personalidad fuerte y marcada. Tiene todo muy claro y uno no consigue que se quede convencido de nada a la primera de cambio (por cierto, las rabietas ya no existen, pero los tira y afloja... puf!). Sin embargo, es maravilloso. Y punto.

Cuatro meses ya... Uff!

Cuatro meses en los que he llegado a una única conclusión: mi hijo es el rey Midas. Cada cosa que toca la convierte en oro, porque él es oro puro. D. ha incrementado el valor de mi vida hasta tal punto que me ha hecho rica. Rica en experiencias, rica en alegría, rica en amor, rica en ilusión, rica en risas y sonrisas (que falta me hacían), rica en esperanza, rica en besos, abrazos y caricias. Aunque también rica en cansancio, miedo, dolor y pesar por cada una de sus lágrimas de tristeza. Pero bienvenido sea esto último si tengo lo primero para contrarrestar. ¡Soy rica! ¿Qué más puedo pedir? 

Y no necesito nada adicional. Estamos los tres juntos y todo lo demás me sobra ya. 



jueves, 1 de agosto de 2013

El tiempo (y los médicos) me dieron la razón.




¿O no es tan raro? En fin, sobran las palabras. Fatiga mental. 

El 95% de los niños (más o menos mayorcitos) que llegan a casa después del viaje de adopción, la sufren tras cuatro o cinco días de estímulos continuados (algunos necesarios e inevitables y otros, NO). 

También le diagnosticaron intolerancia a la lactosa. Muy común en África, Asia y América del Sur. Como no se trata de una alergia, hay que evitarla al principio e ir introduciéndola muy poco a poco en los próximos años. 

De cualquier manera, a estas alturas, D. está cada día mejor. Le sigue costando la relación con la gente que no conoce, pero tras un ratito y si no le agobian mucho, él solo se va acercando. Claro, lo de "no le digas nada, que ya irá él solo" la gente no lo entiende mucho, pero es así y para muestra la primera visita que hicimos al cole: el lunes, después de hacer la solicitud de plaza en Educación, nos pasamos por el colegio. Como en estas fechas ya solo quedaban tres personas trabajando, es el mejor momento para la primera toma de contacto. Los tres compañeros que estaban allí lo hicieron fenomenal: me saludaron y hablaron conmigo dejando que D. se acostumbrara al lugar a sus voces. Sin agobios. Un simple "hola guapo" al entrar y punto. Cuando D. vio que aquellas personas, no solo no le pedían besos o abrazos sino que tampoco estaban pendiente de él, se relajó salió de su escondite favorito en estos casos: las piernas de mami o papi. Este momento, cuando él ya estaba seguro de que nadie iba a exigirle nada, se acercó por propia iniciativa a todos los que estaban allí. 

Pero ¿sabéis qué es lo mejor de todo esto? Que yo no les pedí que hicieran lo que hicieron. Que estas tres personas no son maestras (responsables de Portería, Secretaría y Mantenimiento). Que no tienen conocimientos pedagógicos. Tienen SENTIDO COMÚN. Y se ganaron a D. fácilmente. Del "hola guapo, ¿qué tal?" al "dame un beso, dame un abrazo, qué llevas en la mano, mira lo que tengo para ti, ven que te vea bien, qué grande estás, ¿quieres venir conmigo?, ven que te coja, ¿estás con papá y mamá?, qué bien estás aquí" etc. etc. etc. hay un camino que, para algunos, está visto que es intransitable. Y, mil perdones a esta gente, pero yo no soy capaz de entender el motivo. 

En fin, los que han tenido la paciencia de dejar a D. libertad para dar besos o salir corriendo, han podido comprobar que es un niño fantástico, cariñoso, divertido, alegre, movido, curioso, con un sentido del humor espectacular... y con carácter. 

Además le encanta bailar y cantar, destripar juguetes (en concreto los cochecitos), montar en bici (tía S. te lo has ganado de por vida), ir en la "máquina big, big, big" de mamá y mirar por la ventana, bañarse en la piscina, desayunar cereales de "ambasa" (los Frosties de Kellogg's), repetir todo lo que los adultos dicen (incluido un "joder" que se me escapó) y... ¡¡¡¡el chocolate!!!! Como veréis, un niño raro, raro, raro... (para los que suelen tomarse las cosas literalmente: esto último es broma). 

Y ayer descubrimos que adora la canción Waka waka de Shakira. Conocía el estribillo (obvio) y cuando me oyó cantarla un día se puso tan contento. Hoy, en concreto, la hemos oído durante los quince minutos de ida y otros tantos de vuelta hasta el centro de la ciudad. Y cada vez la canta con más entusiasmo. Ahora ya solo nos falta la coreo. 

En otro orden de cosas, como era de esperar, ha aumentado su vocabulario tanto en inglés como en español y, aunque últimamente la palabra más pronunciada en esta casa es "biti" (bici), mantenemos largas y entretenidas conversaciones los tres. Insisto: una familia rara, rara, rara...

No puedo terminar la entrada sin remarcar que la rutina es lo que ha hecho posible que D. se haya ido habituando a la tranquila y necesaria convivencia con papá y mamá, a los horarios, a saber qué viene a continuación y a su autonomía e independencia dentro de su casa. 



BENDITA RUTINA

martes, 23 de julio de 2013

Reflexiones del quinto día.



Bueno, pues estamos en casa desde hace cinco días. Cinco INTENSOS días en los que hemos tenido de todo. Afortunadamente, solo una rabieta gorda. Pero es que fue tan grande, que hasta el vecino pasó a preguntar si iba todo bien. 

Ayer y hoy D. ha estado muy tranquilo. Y es que llevamos dos días sin saltarnos los horarios y respetando las rutinas. Las visitas han sido fuera de casa y nunca de más de una hora y pico. Aunque hay diversidad de opiniones a mi alrededor, yo insisto en que el hecho de que D. sepa lo que va a pasar a continuación le da seguridad. 

Aún pregunta, en alguna ocasión, si vamos a coger otro avión. Y eso que la experiencia le encantó. Ver los aviones en el cielo está bien. Verlos desde la sala de embarque es genial. Pero tener la oportunidad de subir en uno por la escalera exterior en lugar de hacerlo por la pasarela, no tiene precio. Sin embargo, a pesar de ser un momento inolvidable de su vida, los aviones implican cambio. Y D. no quiere seguir cambiando. Ha llegado a casa y todavía no está seguro de que este lugar sea el definitivo. Después de vivir en el orfanato y pasar un mes en un hotel, ¿quién le garantiza que nuestra casa no es solo una parada más?

A esto es a lo que me refiero. A la seguridad que yo considero que ha de tener. Debe saber (y digo "debe saber" no "debe DE saber", que la diferencia es importante) que aquí nos vamos a quedar. Que SU casa es, al menos durante un tiempo, SU santuario. Es en el único lugar en el que no necesita ir de la mano de nadie. Sube y baja las escaleras sin problemas, entra y sale de las habitaciones solo, abre y cierra puertas y cajones con total tranquilidad... Todo lo que está fuera de estas paredes, aunque conocido, no es su territorio. Y le gusta salir de casa, que conste. Y a veces hasta es complicado conseguir que vuelva a entrar. Pero en el interior no hay miedos ni temores. Sabe quiénes son sus abuelos, tíos y vecinos/amigos y está encantado con ellos. Pero como nos pasa a los adultos, lo poco agrada y lo mucho desagrada. Acabamos de llegar, tenemos toda la vida por delante, ¿tan importantes y tan necesarias son las visitas estos primeros días? ¿Es que no se me entiende cuando pido que las cosas vayan poco a poco?

Que nadie me malinterprete. Por supuesto que la familia es importante pero ¿quién es su familia en este momento? Tan solo su padre y su madre. Es duro decirlo, sin embargo me apuesto el cuello (y sé que no lo pierdo) por una cosa: si mañana alguien viniera y se lo llevara a otra familia maravillosa, D. pasaría unos días malos pero se acostumbraría y los querría muchísimo en un futuro. Igual que se acostumbró al orfanato y quería a sus cuidadoras por encima de todo. ¿Por qué? Pues porque el vínculo con nosotros aún no está hecho. Nos quiere y nos da abrazos y besos a cada segundo, pero el apego no se hace en un día. El apego se cuece a fuego lento y necesita mucho tiempo de reposo. Y para que este se cree, ha de haber tranquilidad y rutina. Y seguridad y calma. Y tiempo para pasar malos y buenos momentos. Y días enteros para salir y volver al hogar. 

Y no estamos hablando de un bebé. Estamos hablando de un niño de cinco años que razona, que tiene preguntas y que busca respuestas. Que difiere y protesta y busca límites. Y no por recibir más visitas de unas personas u otras las va a querer más o menos. Sin embargo, que las visitas interfieran en su rutina sí repercute en el tiempo invertido para afianzar su seguridad y confianza, para entender que su casa es el lugar en el que puede estar tranquilo, sin interrupciones. Y cuando este primer paso TAN IMPORTANTE se haya dado por completo, entonces y solo entonces, los cambios podrán empezar a tener lugar. De la misma manera que una casa no se construye por el tejado, la estabilidad de un niño no comienza a formarse en la calle ni con gente "de fuera". 

Llegados a este punto de mi reflexión, la siguiente pregunta es: independientemente de que muchas de las cosas que digo son de sentido común y no hace falta un máster para entenderlas, ¿tan difícil es comprender que mi experiencia con niños es un grado? Llevo exactamente la mitad de mi vida trabajando con peques. Si a estas alturas no he aprendido nada, mejor cuelgo la bata y me dedico a otra cosa. 

Ya no pido que se respete mi persona. Pido que se respete mi casa y a mi hijo. Pido que se me permita decidir cuándo y dónde verlo. Pido que se me pregunte sobre lo que se quiere hacer con él. Pido que se entiendan (y si no se entienden ya me da igual) y se acepten mis opiniones. Y pido que no se me discuta. 

Hago un llamamiento a la comprensión, y lo hago por el bien común: me conozco y sé de qué manera soy capaz de perder los papeles cuando mi paciencia se acaba. Y se termina cuando me canso de hablar y de razonar. 

A estas alturas diréis: "si solo llevas cinco días en casa". Pues imaginad qué cinco días. Temo que todo lo que consiga entre semana (y no me refiero a esta primera semana, sino a las que están por venir) se vaya al traste con la llegada del viernes. 

El resto de las entradas me darán o me quitarán la razón. Y nunca he deseado con más fuerza poder decir "estaba equivocada".