miércoles, 7 de julio de 2010

Leyenda de amor y vida

- Abuelo, ¿nos cuentas un cuento antes de irnos a dormir?
- ¿Un cuento? Esta noche os contaré mejor una leyenda. Prestad atención:

“Cuenta una antigua leyenda que, hace muchísimos años, cuando el lobo era el amo y señor del mundo terrestre y el halcón lo era del celeste, dos almas vieron la luz del día por primera vez y su destino se unió con el primer aliento de vida.

Cuenta esta misma leyenda que, a pesar de estar consagrados el uno al otro, pendía sobre ellos, como un pesadísimo lastre, el dolor de una traición, el color del odio y la sed de venganza.

Efectivamente. Como ya os podéis imaginar, estos seres amantes pertenecían a clanes diferentes. Clanes que, en un tiempo mucho más remoto, fueron uno solo, pues descendían del mismo hombre y se crearon en el mismo útero. Dos hermanos gemelos, idénticos, iguales por fuera y, sin embargo, opuestos por dentro. La noche y el día, el cielo y el infierno, la luz y la oscuridad, el agua y el fuego… imaginad todos los contrarios que podáis y, ni aún así, conseguiréis siquiera, aproximaros al grado de diferencia que existía entre ellos.

Sigue la leyenda diciendo que, al llegar a la edad de diecisiete, los hermanos se enamoraron de la misma mujer y, sin decírselo a ella, comenzaron una competición encarnizada para disputarse su amor. Su lucha duró once días con sus once noches y la madre, enferma de dolor y ahogada en llanto por el abismo que, poco a poco, se iba abriendo entre sus dos hijos, habló con el origen de tanto mal y le contó a la muchacha el motivo de su desdicha.

Según esta leyenda, ella decidió convencer a los hermanos de que no estaba interesada en ninguno de los dos. En ese instante, ellos, cegados por el tormento del rechazo, ofuscados por la ira, se pusieron de acuerdo en una sola cosa: si no era para ellos no sería para nadie.

Y sí, como ya habéis anticipado, acabaron con su vida.

En el mismo momento en que una gota de su sangre bañó la tierra del lugar, unas enormes nubes negras cubrieron el cielo, el sol dejó de brillar, la lluvia arreció durante días y las desgracias se sucedieron una tras otra por un solo motivo: la hermosa joven no era otra que la hija mortal de un dios. Y su maldición fue la peor jamás escuchada: si su hija no podía vivir, si su risa ya no podía ser escuchada, si él ya no podía volver a verla, ningún mortal sobre la tierra volvería a tener cordura.

La familia de ella clamó venganza: el corazón de los jóvenes, pues este fue el motor de la desgracia y los muchachos, aterrados, se acusaron el uno al otro rompiendo los pocos hilos que aún juntaban sus lazos fraternales. Huyeron cada uno en direcciones distintas y, el clan, al no poder calmar su sed de venganza con los hijos, asesinó a la madre, sacándole las entrañas por ser éste el lugar donde se engendró a los bárbaros. Y su esposo enloqueció y vagó por el bosque buscando su alma.
Nadie volvió a verlo jamás.

Sin embargo, aunque tiempo después los hermanos fundaron sus propios clanes, ninguno de sus descendientes fue feliz y, en respuesta a sus desgracias se culpaban el uno al otro.  Así fue como el odio, el rencor y la oscuridad, persiguió siempre a sus descendientes.
Mucho tiempo después, nacieron los protagonistas de esta historia, a la misma hora y el mismo día. Su destino, como ya hemos dicho, era estar juntos pues habían nacido para librar al mundo de la pena. Mas no era un destino fácil, pues ni siquiera sus clanes estaban cerca.
Narra la leyenda que, llegados a la edad de diecisiete (la misma que sus antecesores), sintiendo un impulso vital, abandonaron sus clanes y vagaron once días con sus once noches hasta encontrarse. En el mismo instante en que se vieron, se enamoraron. En el mismo momento en que se tocaron, supieron que eran uno sólo. Y en el mismo segundo en que se besaron, un profundo dolor les atravesó el corazón haciéndoles comprender que su amor estaba prohibido. Sin embargo, era tan fuerte su sentimiento, era tan primitiva su necesidad, que escaparon juntos y desoyeron la tradición de odio de sus clanes. Los dioses, enfadados por desobedecer su maldición, por ser felices, por amarse, decidieron castigarlos.

Una noche, mientras dormían, los separaron depositando a cada uno en lugares tan remotos que nunca podrían volver a encontrarse. Ella apareció en una cueva fría y oscura; él, en una explanada ardiente y desolada.

Y dice la leyenda que, tanto, tanto lloró él que se convirtió en mar y tanto, tanto lloró ella que se transformó en río.

Y como todos sabéis, el agua siempre encuentra un resquicio por donde escapar y eso hizo el alma de la joven, encontró un hueco por el que abandonar la cueva y descendió montañas, atravesó bosques y regó praderas hasta que encontró a su amado transformado en mar.

Así fue como, burlando la terrible maldición de los dioses, volvieron a encontrarse. Y esta vez se unieron y su felicidad fue tan plena que inundaron las riberas de flores y plantas.

Y según relata la leyenda, este es el motivo de que, allí donde haya agua, haya siempre vida. Porque el amor siempre busca una salida. Y siempre la encuentra".

6 comentarios:

Irdala dijo...

¡Qué bien escribe mi niña!

Mil besos.

Ángeles Ibirika dijo...

¡Qué bonitoooo!

Se me ha erizado la piel y se me han humedecido los ojos.

Millones de gracias por esta leyenda tan hermosa que me ha llegado directamente al corazón.

Un beso grandote, preciosa.

VERÓNICA dijo...

Sin palabras me he quedado, me parece preciosa la leyenda. Besos guapetona, sigue escribiendo estas cosillas que me encantan leerlas.

Laura dijo...

Muchísimas gracias chicas!!!

MIGUEL ANGEL dijo...

Vaya leyenda más tierna. Me ha extremecido. Me gusta y espero puedas seguir escribiendo muchas más porque tienes mucho talento y merece la pena conocer tus pensamientos. Un beso y felicidades por tu post.

Laura dijo...

Muchísimas gracias, Miguel Ángel, por tus felicitaciones y tu ánimo.
Un beso.