domingo, 7 de febrero de 2010

Pequeña Estrella


Después de llevar tooooda la tarde intentando crear algún deseo, me he dado cuenta de que es más difícil de lo que pensaba. No por el deseo en sí, sino por buscar el deseo adecuado para cada una.

Así que, en vista de que la musa no ha decidio visitarme hoy, he cambiado de tercio y he escrito un cuento. Se llama "Pequeña Estrella". Espero que os guste.


“Pequeña Estrella”

Fue una noche de viento y frío. Ni una estrella se veía en el cielo. Bueno, una sí. Una grande, brillante y azul. Como sólo estaba ella, los duendes, aunque abrigados hasta sus puntiagudas orejas, se paraban a mirarla de camino al trabajo. Casi nunca tenían la oportunidad de ver a Pequeña Estrella tan grande y tan bonita. Normalmente siempre estaba rodeada de sus hermanas y, aunque no podían combatir con ella en luz, sí trataban de que pasara desapercibida. La pobre Pequeña Estrella lo único que tenía era su luz y las demás querían quitársela. Las demás, que tenían de todo: luz, tamaño, brillo... ¡si tenían hasta nombre! Fue el Duende Sabio quien se dio cuenta de que existía, precisamente una noche como aquélla.

Las estrellas, por si no lo sabéis, están en el cielo para alumbrar las noches y marcar los caminos. Cuando no hay estrellas en el cielo o éstas se esconden detrás de las nubes, los duendes se pierden en el bosque y no pueden llegar a nuestras casas para ayudarnos a tener bonitos sueños, pues ése es su trabajo.
Cuando Pequeña Estrella se dio cuenta de esto y preguntó a las demás por qué se escondían, éstas respondieron: “en noches como ésta, tenemos frío y nos gusta quedarnos ahí paradas en el cielo. Total, por una noche de malos sueños que tengan los humanos...”.
A Pequeña Estrella le dio mucha pena que los duendes no pudieran venir a susurrarnos hermosos cuentos por las noches mientras dormimos, así que decidió que, aunque las demás se fueran, ella se quedaría siempre ahí.
Y así, noche tras noche, al llegar el invierno y con el invierno las nubes, Pequeña Estrella se las apañaba para estar siempre en el punto más alto del negro cielo. Pero las demás estrellas no lo entendían. Si total, Pequeña Estrella no brillaba tanto. Uno tenía que fijarse mucho para ver su luz.
Y eso hizo el Duende Sabio. Cuando una noche vio que todo estaba negro, oscuro y tenebroso, buscó y buscó hasta que encontró un diminuto y pálido punto brillante en el firmamento. Corrió todo lo rápido que pudo a decir a los demás duendes que, si tenían cuidado, con eso era suficiente para llegar a las casas. Y al final, noche tras noche, ellos pudieron hacer su cometido.
Ocurrió que, con el paso de los años, los duendes se fueron haciendo mayores y, con la edad, fueron perdiendo visón. Algunos dejaron de salir por las noches, enfadados con Pequeña Estrella porque no daba más luz. La pobre no sabía qué hacer. Pidió ayuda a las demás, pero ninguna quería ayudar. Entonces, el Duende Sabio, apreciando el esfuerzo que Pequeña Estrella estaba haciendo, le gritó al cielo: “¡no te desanimes, querer es poder! Tú y yo queremos lo mismo y lo conseguiremos.” Cuando Pequeña Estrella vio que, efectivamente, el Duende Sabio seguía saliendo noche tras noche para cumplir su misión, deseó con más fuerza brillar y... poco a poco lo fue consiguiendo.
Así llegó el día en el que Pequeña Estrella brilló tan fuerte en el cielo, que las noches volvieron a tener luz y los duendes decidieron volver a salir a repartir dulces sueños.

No muy lejos de allí, una mujer a la que le gustaba mirar las estrellas por la noche, se dio cuenta de que, durante una temporada, sólo una estrella brillaba en el cielo. Brillaba poquito pero, aún así, brillaba. Salía cada noche para ver si se había apagado o, por el contrario, se había hecho más grande. Y la verdad, siempre la veía igual.Y, sin embargo, cuando el cielo estaba despejado y las demás estrellas aparecían, ella siempre conseguía localizarla.
Mas una noche, le pareció que su estrella brillaba un pelín más, y un pelín más, y un pelín más...
Y, de pronto, se dio cuenta de que, aun entre todas las demás, ella era la más brillante.
Fue esa misma noche que contaba al principio. Esa en la que hacía frío y los duendes iban a trabajar. Esa noche en la que el Duende Sabio se paró a mirar su estrella una vez más.
En ese momento, la mujer, apreciando la belleza y el brillo de su estrella, suspiró.
En ese momento, el Duende Sabio, apreciando la fuerza y la tenacidad de su estrella, suspiró.
Y los dos suspiros se unieron y subieron al cielo golpeando a la estrella suavemente. Y la estrella, en el suspiro oyó: “Gracias”.
Y entonces, ella separó los suspiros y escuchó al Duende Sabio agradecerle estar ahí, noche tras noche, sola o acompañada, ayudado a todos los duendes con su tarea. Y escuchó a la mujer darle gracias por alumbrar sus noches y ser lo más bello que veía justo antes de irse a dormir. Y la estrella, entonces, suspiró también.
Y el Duende Sabio notó una suave brisa en medio del gélido viento. Y la mujer, antes de cerrar la ventana, notó un agradable calor en medio del frío que entraba. Y ambos oyeron un “De nada”.
Desde entonces, el Duende Sabio, habla cada noche con su estrella y le pide fuerzas para sus ancianas piernas, pues no quiere dejar de traernos sueños alegres.
Desde entonces, la mujer, habla cada noche con su estrella y le cuenta sus deseos y anhelos.
Y dicen que la estrella, agradecida por haberles tenido siempre ahí, por haber confiado en ella, ayuda al Duende Sabio en su tarea y ayuda a los humanos a conseguir sus sueños.

Y una vez, no hace mucho, yo soñé que os tenía con nosotros, que os arropaba en vuestras camas, soñé que la Pequeña Estrella brillaba fuerte en el cielo, soñé que el Duende Sabio entraba por la ventana y os susurraba preciosos cuentos al oído.
Y, desde entonces, cada noche miro por la ventana y busco mi estrella en el cielo y le pido que siga brillando y que el tiempo pase rápido para que mi sueño pronto se haga realidad.

Y como sé que aún no tiene nombre, yo le he buscado uno: Etiopía. Y parece que le ha gustado pues, cada vez que la nombro, ella brilla con más fuerza y me envía dos soplos de aire cálido: uno por cada uno de vosotros que nos estáis esperando en esa maravillosa tierra.

12 comentarios:

Nieves dijo...

¡Qué bonitoooooooooo!
Me parece que ya tengo escritora de cuentos para Navidad. Lo siento, te ha tocado por tener tanta imaginación.

Me ha encantado leerlo, Laura.

Besos gordos gordísimos.

Irdala dijo...

¡Caray, Laura! snif, snif, snif.

Beatriz dijo...

Que bonito, me ha encantado!!!
Te enlazo a mi blog para visitarte a menudo.
Ya nos veremos por el grupo de la colcha
Mil besos

Ángeles Ibirika dijo...

Perdón por entrar sin llamar, pero no he podido resistirme.

Me he emocionado, se me ha erizado la piel y he llorado como una tonta.

Espero que cumplas tu sueño y el de esos dos soplos de aire cálido de Etiopía. Un alma como la tuya merece que se le cumplan todos los sueños que sea capaz de tener.

Laura dijo...

Nieves, sabes que por ti lo que quieras. Si quieres cuentos de Navidad, pues cuentos tendrás.
Mil besos!

Laura dijo...

Irdala, ya sabes que esa estrella es especial por más cosas. Snif, snif, yo también.

Laura dijo...

Muchísimas gracias, Beatriz, por dejarme un comentario y por enlazarme a tu blog.
Nos vemos en el grupo.
Un beso enorme.

Laura dijo...

Ay, Ángeles! Con esos deseos tú puedes entrar sin llamar donde quieras.
Mil gracias!

Anónimo dijo...

Laura, que bonitoooo!!!!
Tienes un don... me ha encantado y me ha puesto los pelillos de punta...!!!
Un abrazo desde el foro!!!
Pili

Laura dijo...

Muchas gracias, Pili, por tu comentario y me alegro de que te haya gustado!!
Nos vemos en el foro.
Besos.

Anónimo dijo...

Como escribas algo más así de bello y sentido, dejo de leerte. No es normal que esté con la lágrima suelta buaaa.

Toda la suerte del mundo para vosotros, sobrina dulce, y que vuestro sueño, pronto se haga realidad muaaaaaaaaaa

Sonia

Laura dijo...

Tita!!! Qué alegría verte por aquí!
Me alegro un montón de que te haya gustado el cuento y de que me visites.
Muchísimas gracias por tus deseos.
Un beso enorme.