viernes, 5 de julio de 2013

Pasito a pasito





Caminante, son tus huellas
el camino y nada más;
Caminante, no hay camino,
se hace camino al andar.
Al andar se hace el camino,
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.
Caminante no hay camino
sino estelas en la mar.



D. no conoce a Antonio Machado, pero si lo hiciera, este sería su poema. 
Y desde ahora, se ha convertido en el nuestro.


  Ayer y antes de ayer han sido dos días estupendos. La música de su risa sigue llenando la habitación y la luz de su mirada brilla incluso de noche, cuando mami se da la vuelta antes de dormir y se topa con esos dos diamantes que miran todo con curiosidad. Alarga sus manitas y busca nuestro contacto. Respira profundamente y se duerme feliz...

  Cada mañana es una fiesta: saltos, cosquillas, besos, abrazos... y ya hemos cargado las pilas. Después de casi veinte minutos de juegos sale corriendo al baño y nos apremia: hay que lavarse la cara, vestirse y llegar al comedor. Es la hora de desayunar y ¡es un momento sagrado! Leche, cereales, zumo de pomelo o naranja, un huevo duro (necesitamos proteínas), un trocito de bizcocho y una tostada con mantequilla y mermelada. Cualquiera diría que es una barbaridad (y a veces lo pensamos y prescindimos de alguna cosilla) pero D. quema hasta la última caloría del desayuno y a las dos horas y poco ya está pidiendo el almuerzo.

  Sin embargo... cuando esta mañana ha llegado el momento de vestirse, D. ha torcido el morro y ha vuelto a quedarse mirando al infinito. Y es que estos etíopes son muy presumidos. Entre la curiosidad que les despierta todo lo novedoso y que por estas tierras el que se arregla SE ARREGLA, tenemos problemas con la ropa. Así que hemos vuelto a las rabietas de miradas perdidas, postura de indiferencia y desconexión del sentido del oído. Como no había manera de hablar con él, Marcos y yo hemos decidido que desayunábamos en la habitación, porque forzarle no sirve de nada. 

  Al principio D. seguía mirando al infinito, pero poco a poco ha ido observando cada bocado que nos llevábamos a la boca. La llave para desayunar estaba al alcance de su mano: solo tenía que ponerse los calcetines y las zapatillas. Pero mi pequeño príncipe es muy cabezota y aún tenía que demostrarnos que le quedaba genio en el cuerpo. Siendo esto así, mamá y papá se han hecho los ciegos, han terminado y han recogido. Se acabó el tiempo. Y el Rey de los enfados ha comenzado a ceder, pero solo "comenzado". Aún nos aguardaban diez laaaaargos minutos hasta conseguir que D. admitiera la ayuda de papá para ponerse la zapatilla. 

  Entonces sí, las sonrisas, los besos, los abrazos y las expresiones de alegría han vuelto a la 104. 

  Y el desayuno ha aparecido en la mesa. 

  Y los ojos de D. han vuelto a brillar. Pero, claro, eran ya las nueve de la mañana. Otros días a estas horas estamos jugando. Hoy mi príncipe estaba hambriento.

  Papá y D. han bajado al patio, han jugado, han vuelto a la habitación, hemos hecho puzzles, incluso hemos tocado el piano en la tablet y el almuerzo nos ha sabido a manjar de dioses. Al final, D. y yo hemos acabado haciendo volteretas en la cama. Pero el mejor momento para mami, sin duda, ha sido cuando D. se ha cansado y ha decidido que se tumbaba encima de mí. Y así nos hemos quedado muuuuchos minutos, haciéndonos caricias y notando nuestra respiración, que la relajación también es importante.

  Y llegó la hora de comer. Hoy había muchísima gente y hemos tenido que compartir mesa con otra familia adoptante. A D. esto le ha matado. Con lo tímido que es el pobre, lo de tener extraños alrededor no mola nada. En realidad, extraños no son, llevan aquí más tiempo que nosotros y ya nos hemos visto varias veces, pero como he dicho antes, el momento de la comida es sagrado. Y esta familia, a todas luces para D., ha resultado un inconveniente. Así que, vuelta a la rabieta. Hasta se ha bajado de la silla y se ha quitado el babero. A estas alturas del partido, mamá y papá ya habíamos empezado a comer, de hecho, estábamos terminando y D. ha debido de recordar que esta mañana casi se queda sin desayuno y que hace unos días, la comida que no quiso (casi ni la probó) se convirtió en la merienda. Con las mismas, ha vuelto a ponerse el babero, se ha sentado en la silla y se ha comido sus macarrones "más feliz que una perdiz".

 Y ahora está durmiendo como un angelito. Rectifico: están durmiendo como dos angelitos. 

 Hace un momento, D. se ha despertado, me ha mirado, me ha pedido con la mano que fuese a su lado y me ha abrazado fuerte, fuerte, fuerte. Me ha dado mil y un besos y ha vuelto a quedarse dormido. Y desde entonces tengo una sonrisa tan grande que no me cabe en la cara. 


Y es que, D. ya está aprendiendo que


Al andar se hace el camino,
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca 
se ha de volver a pisar.



Y mamá y papá y a saben que


Caminante, son tus huellas
el camino y nada más;
Caminante, no hay camino,
se hace camino al andar.

2 comentarios:

VERÓNICA Y JOSÉ FCO. dijo...

Muy bien!!! Lo hacéis genial aiss sí os pudiera ver por un agujerito!!

Samaiaui dijo...

Me parece preciosa esta entrada, sobretodo por que el cariño y el día a día está uniendo tres corazones mucho , mucho.
Y cada vez más unidos, todo será más fácil. Él entenderá más cosas y actitudes y vosotros tendréis más horas esa sonrisa en la cara. Jajajaja.
Me alegro de que todo vaya tan bien.
un beso familia!