miércoles, 3 de julio de 2013

Y después de la tormenta...



Estos dos últimos días han sido muy malos. Antes de ayer, las rabietas de D. no concluyeron con la siesta, como ya suponía, y ayer alcanzamos límites que no creí que llegaría a ver. Afortunadamente fuimos capaces de mantenernos serios y firmes y al final D. se quedó dormido llorando. 

Y yo sentí otro cachito de mi corazón hacerse añicos. Menos mal que Marcos estaba ahí para recoger los trozos y ayudarme a pegarlos. 

Para mi gran sorpresa, D. se despertó tan contento como siempre y haciendo gala de la capacidad inmensa que todos los niños tienen para olvidar y empezar de cero. 

Y hoy el día está siendo maravilloso.

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Cuando empezamos este proceso adoptivo, sabíamos que no iba a ser fácil. Pero cuando uno piensa en la adopción, tendemos a referirnos, erróneamente, tan solo al puro papeleo que, a grandes rasgos, termina con la sentencia favorable de adopción. Sin embargo, el proceso no acaba nunca. Continúa mucho después del juicio con el día a día. Perdura más allá del viaje y el regreso a casa. Finaliza, si es que es posible decirlo así, cuando exhalamos el último suspiro. La adopción dura toda la vida, porque la maternidad y la paternidad duran toda la vida. 

Y lo que se nos olvida con frecuencia es que nuestros niños no han solicitado ser adoptados. Los padres los deseamos desde el mismo instante en que la idea de adoptar germina en nuestras cabezas. Este deseo se va transformando a lo largo del proceso y el amor comienza a hacerse presente cuando vemos su foto. Estalla al primer contacto con nuestro hijo y va asentándose con el paso de los días. Pero, realmente ¿alguien le ha preguntado a nuestros chicos si quieren que nosotros, y solo nosotros, seamos sus padres? Un día llegan unos extraños y se lo llevan. Así. Y por fuerza están obligados a querernos. Sin más. Y ellos lo hacen, porque los niños quieren porque sí. Porque son inocentes, porque están limpios, porque son trasparentes. Porque son, simplemente, niños. 

Y cuando llegan los primeros problemas decimos que tienen carácter. Decimos que son cabezotas. Y sí, lo serán seguro. Pero hagamos un ejercicio de empatía e imaginemos la situación al revés: nuevas caras, nuevas costumbres, nuevas normas, nuevos lugares, nuevo idioma (en el caso de la adopción internacional)... yo creo que me tiraría por la ventana. Así. Claramente. 


La adopción es difícil. Si el niño es mayorcito, mucho más, porque tiene capacidad de decisión, de opinión, de comparación. Porque su personalidad está hecha, asentada, determinada. Porque entiende, discute, asiente o difiere; porque se opone, acepta, exige y comparte. Porque existe la barrera del idioma. Porque todo lo hace con conocimiento e intención. 


En estos días que llevamos de convivencia, he pensado muchas cosas. Muchas. He mirado a mi pequeño mientras dormía, mientras comía, mientras jugaba... He buscado explicación a cada una de sus acciones. He reído con él hasta quedarme sin aire. He aprendido sus rasgos y sus gestos. He memorizado cada marca de su piel. Y he seguido pensando muchas cosas. Muchas. 

Es nuestro hijo. Nuestro. Solo nuestro. Pero está aquí gracias a otros padres. Y no sé si es pura sensiblería (que, por suerte o por desgracia, de eso me sobra) que pienso muchas veces si esto es exactamente lo que ellos esperaban para D. 

Apuntamos cada palabra que dice en su idioma y que somos capaces de relacionar con un significado en castellano. Sé que, tarde o temprano, olvidará su lengua (muy a nuestro pesar) y queremos hacer lo posible para conservar lo que podamos. Siempre he dicho que aprender un idioma, probar la comida tradicional y escuchar la música de un país, es la mejor manera de entender una cultura. Queremos que D. ame Etiopía tanto como amará  España. Por él, por sus padres, por nosotros. 

Procuramos que todos los días se levante riendo y se acueste igual. La risa es tan necesaria o más que el sueño y, a pesar de las rabietas, siempre hay risas, besos y abrazos en esta habitación. 

Y todos, todos, todos los días sin excepción le digo cuánto le quiero. 

No sé si es todo lo que buscaban sus padres, pero espero que, al menos, sea suficiente. Porque es lo mínimo que nosotros queremos para él.


3 comentarios:

VERÓNICA Y JOSÉ FCO. dijo...

Preciosa entrada Laura, a veces no pensamos más allá de lo q es recoger a nuestro hijo. Un abrazo fuerte y seguir así trabajándolo todo y con mucha paciencia .

Ester dijo...

Me ha encantado la entrada Laura...lo has expresado perfectamente...yo siempre he dicho que la adopción, igual que un embarazo, es un acto de egoismo puro...nosotros queremos un hijo y vamos a por el...sin pensar si esa criatura nos querra a nosotros o quiere venir a este mundo...es lo que les toca...alguna persona decide por ellos que esta va a ser su familia...

Seguro que si sus padres bios os vieran por un agujerito estarían más que felices de ver que estaís poniendo todo de vuestra parte...

Un besote muy grande y gracias por contarnos.

Ester

Samaiaui dijo...

Estoy de acuerdo con todo lo que has expresado en tu entrada.
Es egoísta querer un hijo y ellos no eligen a sus padres. Ni los bio ni los adoptivos.
Es verdad que están viviendo un cambio brutal en su rutina, en su pequeña vida. Y nosotros lo llamamos carácter.
Es posible que ni ellos sepan por qué se enfadan. Tienen muchas inquietudes a la vez, miedos, dudas.. vamos! mil cosas. Y salen en forma de rabieta, enfado o como sea.
Claro que la adopción no termina con el juicio, mal vamos si nos creemos eso.
Lo gordo, gordo viene en el día a día y hasta que mueres, como bien has dicho.
Nos queda mucho por pasar, la adolescencia, la búsqueda (o no), bueno... muchas cosas.
Y cada familia lo hará lo mejor que pueda, eso está claro.

Mucha energía, que veo que la necesitas!
Un beso